viernes, 12 de octubre de 2018

Jesús




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Él es Jesús. Lo poco que sé de su existencia es que vive en una pensión. Y, con trampa de palabras, dice que devuelve los peces al mar antes de que sean pescados.
Intenta bajar a diario. Bajar es llegar a la rambla con caña, balde y carnada. Ata el anzuelo a la tanza y con movimiento pendular agita la plomada. Ahí van: carnada, hilo y plomo vuelan hasta tocar el agua. Luego se sumergen. Quién sabe si ahí picará el gran pez. Pero vale la calma intentarlo. Es que para eso lo hace. Para limpiar la mente. Así uno tiene la cabeza tranquila. Pescar es jugar a los naipes con la calma. Esto último no lo dice pero así lo imagino.

«La gente no se da cuenta. No es todo la tecnología.» Esa frase sí es de su autoría. Así tal cual. Con esas palabras y en ese orden.

Me gusta la conversación. En una misma oración insiste un par de veces en la necesidad de comer sano y aflojarle a la  comida «chacharra». No como mucho pescado —dice mientras señala el balde vacío—, sólo algunos días —cuando un amigo suyo, que sabe cocinar, limpia los lomos.

Después me pregunta si estoy al tanto de eso que pasa en Estados Unidos. Respondo que no tengo idea. Porque de verdad no tengo idea pero él parece que sí. Y me cuenta de un huracán. «Ellos despertaron al monstruo y ahora no saben qué hacer». Y quedo pensando en la asociación de EEUU con el calentamiento global. Pero no tengo elementos para discutir así que lo dejo continuar con su discurso.

«Imaginate que ahora la gente tiene el celular y lo usa para pedir comida. Comen de un arroz que se cocinó en una olla para cien personas. No sé qué les gusta de eso.»

—Sí, yo intento comer sano —le dije como para mostrar acuerdo.

Y se ve que para él también estaba interesante la charla. Porque cambió de tema y se puso un poquito más oscuro.

La semana pasada estuvo a punto de pelarse. La tos no lo dejaba respirar. Pero él tiene experiencia en negociar con la muerte. En 1976 pasó casi un mes en el CTI debido a un accidente de tránsito. En el 92 un rapiñero le metió una baña en el corazón. Ahí lo diagnosticaron clínicamente muerto.

En ese momento me miró fijo, estiró los labios y dejó en línea los párpados. La charla me incomodó un poco pero no era justo abandonarla. La cosa es que se salvó -y tiene voz para contarla-.

Me saqué el guante y le di la mano. En la despedida me preguntó:
— ¿Sabés cómo me llamo yo?
— Sí —respondí—, Jesús. Me dijiste que te llamas Jesús — y otra vez apareció su sonrisa de labios apretados.
— Jesús —confirmó con esa calma de la cual hablaba al principio. Y me alejé con un pedaleo lento. Algo de su tranquilidad ahora estaba conmigo.



viernes, 24 de agosto de 2018

Tiempo

Y luego, simplemente, me levanto y espero que todo transcurra, hora tras hora, sin saber lo que viene; más aún, sin saber cómo esperar. Espero sin saber hacerlo. Quizás por eso todo se convierte en novedad, aún reiterándose jornada tras jornada. No intento detener el avance de los minutos. Una vez, recuerdo, una vez intenté detenerlos pero resultaron más rápidos que mi velocidad, y peor aún, más obstinados que todas mis obstinaciones, juntas, unidas, desesperadas. Y por eso ahora, en este presente que se esfuma, ya no lo intento. No por estar cansado ni recién despierto. Simplemente porque no sé cómo hacerlo.

lunes, 16 de julio de 2018

La alquimia de la paternidad

Ayer fue mi primer día del padre. Un día como cualquier otro excepto por los saludos de familiares y amigos que me alertaron de mi debut en este nuevo mundo paternal.

Miento, no fue un día común y tampoco corriente. Sin ser muy consciente, durante el día me fui desdoblando una y otra vez entre los roles de padre e hijo. Hijo, padre, padre, hijo, hijo, hijo, padre. Y así.

Mi hijo, con nombre de figura real, se llama Felipe. Y ayer se despertó a las risas. El resto del día estuvo en brazos de tíos y abuelos mientras sus primos le hicieron algunas "monerías" para divertirse con los gestos de bebé que aparecen a partir de las formas redondeadas de dos cachetes esponjosos. Al anochecer, de nuevo en casa, escuchamos Beatles y bailamos al ritmo de la bata de Ringo.

***

Felipe está empezando a moverse cada vez con mayor ímpetu, sobre todo con sus piernas. El viernes bailó con Chico Buarque, el sábado con Eleanor Rigby y ayer, además del disco Revolver, lo invité a una primera escucha de Thriller, del dios pop universalmente conocido como Michael Jackson.

¿Y qué es lo genial de todo esto? Bueno, estoy aprendiendo a escuchar música. A escucharla de otra forma. Es algo que estamos haciendo juntos. Intentaré explicarlo mejor.

Por ejemplo: ahora bailo. Bailo con Felipe. Me paro frente a él cuando está en su silla y trato de moverme siguiendo algún patrón. Así Felipe se ha ido soltando, aprendiendo a mover sus extremidades (y yo también). Cuando se aburre de verme bailar, lo levanto en brazos y bailamos alguna canción en loop. Como buscando que nuestros pies desarrollen memoria.

Él disfruta y lo transmite con su mirada llena de atención en lo que ocurre a su alrededor. Giramos, saltamos, cantamos.

***

Todo esto es tan extraño... Si antes de ser padre alguien me hubiese preguntado cómo serían los primeros días, semanas o meses de padre, mi respuesta jamás incluiría el verbo bailar. Esa ha sido, sin dudas, una de las mayores sorpresas que me deparó el rol de padre.

***

Siento mucha curiosidad por saber cómo será el proceso interno de Felipe respecto a la música. ¿Vibrará con la armonía? ¿podrá seguir las líneas melódicas? ¿reconocerá las notas repitiéndose unas tras otras? Hasta el momento lo he notado más divertido que emocionado.

A la hora de dormir seguimos ambientando el fondo sonoro con una versión instrumental de Príncipe Azul (la canción de cuna compuesta por Eduardo Mateo con letra de Horacio Buscaglia) en este caso ejecutada por Gustavo Ripa. Esa canción acompaña a Felipe desde aquellos primeros meses en la panza de su mamá <3

Podría decir entonces que mi primer día del padre terminó con el tarareo de esa canción entre lunas, quesos, ratoncitos y blancas ardillas acompañando a un príncipe en un bosque encantado.

***

Quizás esos versos me dicen algo de cómo vive Felipe cuando escucha música. Quizás la música no es para él otra cosa más que fantasía. Quizás todas las actividades de su mundo no son más que fantasía. Quizás la música es fantasía con ritmo: quizás, quizás, quizás.

Y si lo pienso, estos tres meses y medio de padre fueron para mí una especie de fantasía. Porque lo que empezó con amor, siguió con un vientre que se transformó en hotel; y luego con un ser que salió de otro ser y de inmediato lactó la teta de una madre primeriza; y apenas días más tarde el recién nacido se hizo bebé y los pañales se hicieron montaña y así nos dimos cuenta que el mundo no para. Porque ya no hay pausas y el día no se detiene.

Por eso también digo: la fantasía es movimiento.

Sí, creo que no estoy errado. ¿Acaso cuando alguien fantasea lo hace en un mundo estático?  No, los unicornios vuelan y las ardillas se ríen mientras Alicia cae por un túnel y un conejo saluda quitándose la galera. Así de inquieta es la fantasía.

En fin, el primer día del padre me llevó a una curiosa reflexión entre música y fantasía.

***

Y, en esta pretensión de cierre, también llego a una especie de conclusión. Para mi la música fue y es una conexión espiritual que encontré como padre para alimentar a mi hijo. Así como la teta es la conexión máxima entre el bebé y su mamá; yo encontré en la música el hilo de unión cuerpo-alma entre dos seres. Dos pares cuerpo-alma unidos por algo más que genética. El milagro de la vida.

En esta fantasía, cruelmente condensada en la palabra «paternidad», nos convertimos con Felipe en alquimistas que, cada tarde en el calor del hogar, transformamos la música en leche. Para que la carne sea algo más que carne. Para ser como unicornios aprendiendo a volar.

viernes, 13 de julio de 2018

La ducha quema los pies

Mis pies se quemaron con el agua de la ducha. El agua estaba muy caliente. Tengo treinta y cuatro años y no sé regular la temperatura. Aún no lo aprendí y sospecho que jamás lo haré. Me gustaría saber de experiencias ajenas en semejante tipo de ignorancia. Estoy seguro que no soy el único. Sin embargo no me animo a decir que seamos legión.

Cuando el agua comenzó a quemar intenté pisar poniendo los pies de lado. Levanté la parte interna y, sin pensarlo mucho, dejé que el contorno externo se fuera quemando. Al mismo tiempo fui largando gemidos breves al estilo: ah oh ah ah. Con esa parte de mis pies apoyada sobre el agua hirviendo recorrí gran parte del cuadrado recortado por zócalos de mármol verde que separa la ducha del resto del baño. Ah, no debo olvidar la serie de codazos que dí contra la mampara mientras agitaba los brazos como si fueran alas de un pichón de gavilán abriéndose en un primer vuelo.

Giré el grifo hacia un lado y hacia otro. Pero la temperatura no cambiaba. Fueron segundos que demoraron casi tanto como los años que demoré yo en facultad. ¿Por qué son lentos los años de facultad? Mejor dicho: ¿por qué son tan lentos los días entre lunes y viernes mientras uno tiene que estudiar en facultad? Porque, por más carrera universitaria que estemos cursando, sábado y domingo son siempre cortos. Y mucho más cortos cuando los pasamos en resaca.

Debería haber entrado a la ducha alcoholizado. En ese caso la quemadura no sería ahora mi principal afección psicológica. Simplemente sería una marca más en mi piel. Una entre las miles que me recorren el cuerpo. Quizás si me hubiese bañado en estado de ebriedad ahora me estaría preguntando por qué tengo las plantas de los pies ampolladas. Supondría, quizás, que tuve una noche loca y que mis amigos me invitaron a caminar sobre carbón en alguna especie de sacrificio a los dioses de la madrugada. Y no sería más que eso. Sin embargo ahora me cuestiono la estupidez que se apodera de mi cuando estoy frente al grifo.

Porque ahora tengo ducha con monocomando pero mi ignorancia en cuestiones hidráulicas también se daba cuando eran dos canillas: la derecha para el agua fría y la izquierda, la del corazón, para la caliente. Ahora pienso que esa relación: derecha - fría, izquierda - caliente, tampoco es una relación universal. Ni siquiera sé cuál es la opción mayoritaria. ¿Donde está la democracia cuando se la necesita? Esa es una de las razones que despiertan mi neurosis cuando, estando de viaje, voy parando entre un hostel y otro. A veces la caliente es la derecha, otras la izquierda. Y, si la vida quiere ponerse perra y hacerme sufrir de verdad, aparecen duchas con dos o tres grifos ubicados en ¡sentido vertical!

Sin embargo, a pesar de todas esas peripecias, jamás me había quemado como hoy. Ahora una capa de crema dermatológicamente testeada se interpone entre la piel y las medias. Porque encima hace frío, estamos en invierno, y no puedo andar por la vida descalzo. Y eso sí que es un reclamo a la vida: ya que me quemé varios centímetros de piel podría durarme el calor para no tener que abrigarme los pies. Pero no, a veces la cal no se mezcla con arena y solamente viene cal, y cal y cal y cal. ¡Y ojo que la cal también quema! Cierta mañana en que ayudaba a mi padre con la construcción de un pequeño galpón en el fondo de mi casa, había que utilizar cal para pintar una de las paredes. Cuando él terminó de pintar se me ocurrió utilizar el sobrante de cal para pintarme brazos y cara para imitar a nativos de una tribu africana. Mis padres se dieron cuenta de mi hazaña a la hora y media cuando entre a la casa a los gritos porque la piel me ardía. Terminamos en la emergencia de la mutualista. A los médicos le costó varios minutos comprender la situación.

Ahora parece que la crema dermatológicamente testeada está haciendo efecto. El ardor ya no es el de los primeros minutos. De todas maneras no quiero quitarme las medias para ver si el epitelio, el sagrado epitelio que recubre la carne de mis suaves y sensibles pies, ha comenzado el proceso de recuperación. La verdad es que prefiero la ignorancia. Ojos que no ven, corazón que no siente. ¿No?




jueves, 5 de julio de 2018

La vida es verbo

Aquí vengo a dejar la vida. Total, ya la he dejado en tantos lados. En un supermercado, en una fiesta, en una madrugada mientras esperaba el ómnibus. Eso por nombrar lo que se puede nombrar. También en otros sitios y en otras horas. Y en todos esos casos lo hice sin preguntar. Jamás pregunté si allí podía dejarla. ¿A quién se lo iba a preguntar? A quién o a qué. Así fui aprendiendo sobre la falta de respuestas. Que viene a ser contracara de la dificultad para formular las preguntas correctas. Creo que dejé la vida tratando de pensar las preguntas. Bueno, también la dejé bebiendo, fumando y comiendo. Y ni hablar que he dejado la vida, muchas vidas, cogiendo. Digo cogiendo porque no encontré otro gerundio. Ojo, podría haber dicho amando, masturbando, tocando. Todas valen. A esta altura... No se olviden que he dejado la vida.

Podría haber dicho fornicando. ¡Cuánta fuerza tiene el verbo fornicar! A mi entender es el que hace justicia a esa insensatez tan noble de meter un cuerpo dentro de otro. Y no sólo es penetración. El cuerpo penetra con caricias, palabras y aromas. Nada más animal que meterse dentro de otro nariz mediante. Tu déjame tu perfume, yo hago el resto. Si habré dejado vidas en olfatos ajenos.

Sin embargo, después de todo (y antes que nada), aquí sigo, esperando. Con desconocimiento pleno. Claro en la duda. Cero idea de lo que viene. De lo que pasará. Porque la vida se deja sin ganar experiencia. Contrario a lo que todos dicen. Mi única experiencia es la de experimentar, probar, arrastrarme y sentir. Y ahí queda. No sirve para otra cosa. Desconfíen de todo aquel que intente convencerlos de su utilidad. Dejar la vida es dejarla. A esperar que se enfríe en la noche y se ensucie en el día. Desconfíen también de aquel que llega limpio al ocaso. En el mejor de los casos miente. Y en el peor no habrá vivido.

Dejar la vida es también olvidarla. Y olvidar es de valientes. Porque duele mucho despertarse sin recordar. ¿Dónde estuve? ¿Quién me abrazó? Una vez dejé de recordar los abrazos y desde ese día mi corazón ya no tuvo pecho. Quedó a la intemperie. Latir sin costillas, sin un esternón que apriete y acompañe es como besar la frente a un muerto. Lo hacemos por nosotros, porque no tenemos alternativa pero sabemos que es un beso perdido. Besamos lo que fuimos, como para evitar el olvido. Y nada más.

Ahora me siento cansado. Siento de sentir y de sentarme. He dejado la vida sentado. Esperando. Esperé mientras olvidaba. Nada peor. Si olvidamos lo que esperamos no tenemos manera de saber a ciencia cierta hasta cuando esperar. Es una prisión. Quedamos ahí, mientras el reloj hace tic tac. Si esperar mientras olvidamos es una prisión, entonces el reloj es la máquina de tortura. El dolor más descarnado llega cuando alcanzamos plena consciencia del movimiento de las agujas. Es lo que decía. Las agujas nos penetran la carne. El tiempo nos duele.

Oler, amar, fornicar, olvidar. La vida es verbo. La vida es eso que se deja. Para que alguien más la agarre, la use, la tire. Para que alguien haga algo. Por eso lo digo. Para eso la he dejado.

jueves, 6 de julio de 2017

Las excusas al servicio de la escritura (o Ya estás grande para esto, Sebastián)

No sé sobre qué escribir. Para decirlo en términos exactos: me faltan ideas. Para decirlo sin faltar a la verdad: no tengo ganas. Lo curioso es que, cuando tomo consciencia de que me falta el deseo, el deseo aparece. Algo así como cuando nos damos cuenta que alguien no está en su escritorio y en ese instante aparece. En fin, tampoco estoy seguro si el ejemplo es acertado.

Aunque nadie lo pregunte, vengo a comentar un par de pensamientos que se mantienen vivitos y coleando en mi cabeza. El primero del que daré cuenta es algo parecido a una conclusión. La primera vez que lo pensé* venía pedaleando en la bici rumbo al trabajo. Era poco antes de las ocho de la mañana. Parecía que iba a ser un día soleado. Corría una brisa suave, cosa que ayudaba a bajar la temperatura. Igual no me parece que este sea un invierno frío. Para ser honesto diría que es un invierno bastante leve. Claro que pueden acusarme por disfrutar la época invernal. Pero también la paso bien en verano. Soy de los que creen que todas las estaciones tienen algo bueno, al menos en estas latitudes rioplatenses donde tenemos cuatro estaciones (como Vivaldi).

No es escritor el que publica, es escritor el que escribe. Lo dije sin mayor introducción así no me distraigo. Antes, hasta hace poco tiempo, creía que publicar un libro era lo que te hacía escritor. Algo así como llegar a un destino. Sin embargo maduré la idea y ahora estoy más cercano a pensar al escritor como aquel que destina parte de su día a sembrar (o cosechar) palabras sobre el papel. A cargarlo de sentido. Y un poco más allá están aquellos que dedican la vida a escribir. Esos, como en todas las artes, escapan a esta dimensión. Porque al dedicar la vida, es decir, al poner la escritura como centro, vencieron la implacable ley de la inercia. El sistema está diseñado para empujarnos por determinados carriles desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Y escribir es escapar de esos carriles.

Por eso hoy vine a heder aquí. Para escribir un rato. No agarré el lápiz pero achiqué el desgano tecleando un rato. También como inspiración leí algunos párrafos escritos por Bukowski. Cuánta pólvora ardiendo y cuántas mujeres rondando. Si las mujeres eran tiburones él se encargaba de terminar en medio del mar nadando desnudo. Maldito desfachatado.

Tampoco nadie me preguntó cómo fue mi día. Comenzó temprano. Fui a la casa de un amigo a trabajar en un proyecto de base de datos. Estamos en ese momento de transición donde se pasa del análisis a la implementación. Ya definimos lo que necesitamos. Ahora pasaremos a construirlo. Es decir, es momento de decirle a los datos: si sos tal cosa, hacé tal otra.

De la casa de mi amigo salí para la oficina. Anduve en bici por la avenida 8 de octubre. No es una avenida muy benevolente con los ciclistas. Circula un ómnibus tras otro. Los semáforos están coordinados para detener el tránsito cada dos o tres cuadras. Mientras tanto la vereda es un hervidero de gente. Me acuerdo ahora de un veterano que intentó cruzar la calle en un semáforo y justo cambió a luz roja. Empezó a putear, agitó el brazo como si se tirase un puñado de sal por encima del hombro, se dio media vuelta y siguió caminando por la vereda. Setenta, setenta y cinco años tendría. Y andaba ahí, mezclado con pibes de menos de veinte. Esa es la esencia ochoctubrense: una calle para los buscavidas. Los que llegan hasta ahí para hacer trasbordo con otro ómnibus. Los que trabajan en una zapatería. Los que gastan la jubilación en esos boliches donde la luz siempre entra hasta la mitad. Los que miran para luego escribir. O los que escuchan para después decir. Ocho de octubre esto. Ocho de octubre lo otro.

Después fue toda una tarde de oficina. Ahí la diversión es otra pero no viene a cuenta de este post.

Afortunadamente hoy rompí un poco con la inercia. No es menor. Además, en este rato que estuve escribiendo, me olvidé de mirar la pantalla del celular. No me importaron las noticias, ni los comentarios de Twitter, ni las partidas de ajedrez. Porque esa sería la otra excusa para ponerme a escribir: reflexionar un poco sobre la cuestión de las pantallas. De alguna forma las pantallas ya cambiaron y continuarán cambiando la evolución humana. Todos mirando, todo el tiempo, continuamente alternando entre la televisión, la computadora, el display del microondas. ¿No parece probable que en cierto tiempo gran parte del cuerpo sirva para mirar? Dedos como ojos, pies como ojos, órganos sexuales como ojos. Un pito que mire, una vagina que observe. En fin, no mucho más.



* Me permito hacer una analogía con el principio de Heisenberg. Entiendo que para el ser humano es imposible determinar el lugar exacto donde se encontraba mientras pensaba por primera vez en algo concreto. El argumento, tan básico como sólido, es que, si estamos pensando en determinado asunto no tenemos la capacidad para, por ejemplo, prestar atención al número de puerta y a la calle por la cual venimos caminando en ese preciso instante. O prestamos atención a la ubicación o nos concentramos en el pensamiento que batíamos en la cabeza. Por eso jamás sabremos donde estábamos cuando pensamos tal cosa. En todo caso diremos alguna aproximación. Pero, si lo razonamos un poco, nos damos cuenta que todo lo que vemos es una aproximación. ¿O no?

martes, 21 de marzo de 2017

Las escrituras del tercer tío

Sí, yo me imaginé que no sabías nada. Viste que si yo no ando atrás de eso, nadie más lo hace. Pero es así como te digo. El tercer tío (el tío Esquizofrenia) volvió a la quinta. Setenta y dos días estuvo internado. Ahora está más tranquilo con el tema de las lombrices. Ya no las ve entre las sábanas ni cuando abre el grifo en la pileta de la cocina. Por suerte, sí. Obviamente sus hermanos, los otros dos tíos, igual no le toman confianza. No le dan espacio, viste. Lo tienen cortito.
Por un lado tienen miedo que Esquizofrenia prenda fuego las sábanas (como el día antes de la internación) o que rompa el mármol de la mesada a marronazos (como en navidad). Yo los entiendo. Aparte ellos se lo bancaron toda la vida. Por más que él sea su hermano, si nos ponemos legales, ellos no tenían obligación. Que le pregunten a cualquier abogado.
Y mirá que ataques de locura, así como situaciones extremas que ameritaran atarlo a una camilla fueron pocas, sólo tres o cuatro. Recuerdo el incidente cuando lo dejó Marta, la hija del gringo. Después cuando armó el escándalo en la cancha de bochas y la otra de no olvidar es cuando salió corriendo a los Testigos de Jehová por la Avenida Garzón, desnudo y con una gallina agarrada del cogote. Ahhh sí, sí, tenés razón, cuando secuestró al juez del clásico también es memorable. ¿Quién lo ayudó a entrar al estadio? Si no fuera por el registro de la televisión jamás hubiese creído que se hizo pasar por él. Dos penales para Nacional cobró. Jaja. Sí, sí, con el secuestro se le fue la mano pero con el diario del lunes, sin heridos ni nada, me parece una anécdota muy divertida.
Menos mal que Marta lo dejó. Era una drogadicta. Con mis propios ojos la vi machacar Tizafen con Novemina para luego jalar el polvo. Cuando no tenía plata para la merca perdía la cabeza, la vergüenza, todo. Si Esquizofrenia agarraba para la droga hoy estaría entre los santos. Falopera desgraciada. Sin embargo creo que él la sigue extrañando, ¿sabías?
Sí, los hermanos ahora lo sientan en una mecedora frente a la ventana y lo dejan ahí. Se levanta sólo para ir al baño, después del almuerzo, que recorre la casa para bajar la comida, y cuando se va a dormir. El resto del tiempo se queda mirando las vacas, las gallinas, y a los que pasan para ir al quilombo.
Ayer, cuando volvía de la quinta, me quedé pensando en eso. ¿Y si lo llevaran al quilombo? Tal vez una atención al cuerpo le ayude a limpiar la cabeza. Yo que sé, de jovencito y hasta que estuvo con Marta, físicamente se le veía radiante. Ta, sí, cuando se atacaba terminaba descompensado, era una lástima verlo. Ahora cuando lo medican también, le queda colgando un hilo de baba desde las comisuras. Ni cuenta se da. Los dos hermanos ya ni cuidado le prestan a eso. Sí, te repito: están agotados y anímicamente fulminados.
Me lo dijeron bien clarito: en el psiquiátrico le hicieron alguna terapia de cambio de cerebro. Le dieron un electrochoque o algo así que te deja las neuronas como un coliflor hervido. Horrible el olor a coliflor mientras hierve, sí. Por eso entiendo lo que quieren decir con la comparación.
Es que ahora los hermanos no sólo desconfían de que sufra otro ataque. También sospechan que lo hayan convertido en un espía. Lo mismo me pregunto yo ¿un espía para quién? ¿a quién le puede servir de espía semejante pedazo de piltrafa humana? Cuestión que Esquizofrenia siempre fue un enigma, así que por ese lado también entiendo a los hermanos.
Supuestamente en esas recorridas que hace después del almuerzo lo encontraron revolviendo el escritorio. Al otro día lo mismo. Dicen que puede ser Mario Lobos, el psiquiatra que lo atendió. Ese siempre quiso quedarse con la quinta. Ahora con esta jugada mental que le hizo a Esquizofrenia capaz aprovechó a configurarlo como si fuera una computadora. Si bien es muy aventurado, y hasta demencial, pensar en que le programaron la mente, hay que reconocer la imposibilidad de demostrar lo contrario.
¿Qué tal si un día Esquizofrenia se presenta a la consulta psiquiátrica con todas las escrituras de la quinta? Seguro el psiquiatra conoce a un escribano y ahí ya está. Ponele que coimean a un funcionario del Registro, firman seis o siete papeles y listo el pollo. Ponerle mostaza y pasar al postre. Te lo digo porque trabajé ahí hasta que me jubilé. Dirección General de Registros, Registro de la Propiedad, Sección Inmobiliaria. Si habré visto triquiñuelas ahí. ¿Nunca te preguntaste por qué la industria notarial es tan fuerte en este país? En el 97 llegamos a ser el país con la mayor cantidad de poderes de administración y disposición patrimonial per cápita de Latinoamérica. Las familias acá no dan tregua. Llegas a contar que viste una estrella fugaz, que hablaste con una langosta o que tu vecino se tira pedos de colores y ya te declaran incapaz, te hacen firmar un poder general y te dan un beso en la frente. Si les das changüí algunos incluso sacan un pañuelito blanco y lo agitan como si te despacharan en un transatlántico. Nos vemos en París, te dicen. Y claro, ellos sí se van a París, pero vos te quedás acá, sin un peso partido al medio. Con suerte comés salteado. Si ligas mal conformate con el hall de algún edificio abandonado.
No sé qué decirte. Siento lástima por Esquizofrenia pero al mismo tiempo entiendo a los hermanos.
Mirá, para serte honesta, porque para eso te llamé, yo también desconfío de Esquizofrenia. No sé, es algo en la mirada. Acordate que antes los ojos eran transparentes, verdes, sí, pero tirando a un azulcito. Como el agua de una cañada de montaña, viste. Era de esas personas que muestran el alma a través de las pupilas, no sé si me explico. En cambio ahora es distinto.
Para empezar que volvió con los ojos regados en sangre. Vaya uno a saber si fue por la medicación o qué cosa. Derrames por doquier tiene. De a poco se le están yendo. Así que de la mirada transparente olvidate. Y el cuerpo está todito hinchado. A cualquiera que lo haya conocido de mozuelo se lo muestran ahora y no lo reconocen. Tiene una panza como de nueve meses. Además larga olor, es un olor rancio, como una mezcla de alcohol etílico con papa podrida.
No, no está para morirse no. Al menos en los papeles que mandaron del psiquiátrico no dice nada de eso. ¿Pero para qué anda revisando los cajones? Explicame. Si apenas puede estar parado.
Otra cosa, cuando habla, bueno, cuando balbucea, lo único que se le entiende es «¿Y qué vamos a hacer con el rancho? hay que vender el rancho, tenemos que vender el rancho».
Pobres hermanos, encima de todo lo que lo cuidaron ahora éste otro con esa idea en la cabeza. Y para peor que seguramente todo esto es una estrategia de Mario Lobos. ¿Qué esperar del chancho más que una patada? Por favor, electrocutarle la cabeza a un esquizofrénico por unas escrituras. ¡Qué falta de escrúpulos!
Así que ya te digo, si los dos hermanos intentan que parezca eutanasia no seré yo quien ponga palos en la rueda. No, no, escuchame, ayudarles con la inyección no, si veo una aguja y me desmayo… lo más frágil soy para esas cuestiones. Yo de cómplice no sirvo ni para jugar al Mafia… No es que les vaya a aplaudir si los veo comprando morfina, lo que te quiero decir, Luisa, es que voy a mirar para otro lado.


*Inspirado en la canción Third Uncle de Brian Eno y Brian Turrington
** Esto intentó ser un ejercicio narrativo sobre el regreso de un personaje.

martes, 7 de marzo de 2017

El día libre de Carla

Sos la blonda cajera que acepta mis billetes de mil pesos, sean para los alfajores bañados en chocolate o para los perifares que consumo en invierno; o en las noches donde llevo whisky, pastillas para mosquitos y cubitos de hielo; o leche descremada, dogui jamón y whiskas de queso. Sí, todo eso aunque no tenga mascotas ni practique dietas con la idea de bajar la panza.

Es que si estás en la caja me da lo mismo un insecticida berreta que una golosina de azúcar importado, vos cobrame, no te preocupes por el cambio, cobrame y bueno, sí, mirame.
Desconozco adónde enviaste el currículum para conseguir este trabajo pero en la tarea que propongo ni siquiera es requisito que sonrías, basta con una mirada. Si querés, si no es cuestión de esfuerzo, me dejaría satisfecho que lanzaras una guiñada. Pedir algo más sería de angurriento.  
Además quiero atreverme a adivinar; a intuir a través de tu iris color verde sprite; quisiera develar la duda de si cuando me voy, al igual que yo, quedas pensando en una próxima vez, en que mi carro vuelva a tu caja, en que mi tarjeta recorra la zanjita de tu post.


Así de intrigado me tienen tus pensamientos, tus deseos, tus uñas rojas y tus broches de pelo. ¿Desearás que en el billete anote mi facebook? ¿O serás quizá una puritana que prefiera el número de teléfono anotado con tinta azul, en el billete de cincuenta sobre la oreja de Varela? ¡Qué perfil el de Varela, eh!
Te diría para entrar en tema «mirá si tengo suerte y sos fan de la túnica blanca con moña planchada»; te hablo de lo que quieras, escuela laica y gratuita si querés, y le agregamos obligatoria para que no sea todo juerga. Hasta me disfrazo de escolar novato en el arte de la tiza y la hago chirriar contra la pizarra.
«¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?» me pregunto yo.
«¿A cuánto están los sugus?» te pregunto a vos.


Sos la blonda cajera que usa pelo recogido con un palillo chino. Por vos soy entusiasta de la gastronomía asiática, ¿sabías? Arroz, zanahorias, fuego y un wok. Si te animás trae la salsa de soja. Dejá el resto por mi cuenta: las velas, la música, la pimienta.


Hoy que es jueves entrás a las dos de la tarde, te toca cubrir a la gordita con cara de bulldog, jamás me hablaste de ella, es cierto, pero le presté atención la vez que tu caja estaba cerrada, «día de balance» dijo la encargada. ¡Cuánta desventura esa vez! Me cobró la gordita. El código de barras no entraba, encima yo con una lata de anchoas. Ya ni recuerdo para que las compraba, sería por vos, supongo, para no marcar bobera con unas toallitas femeninas; ¡¿para qué llevar toallitas si por suerte la menstruación me es ajena?! Es que te veo ahí, pierdo la cabeza, la cordura, hasta la cédula.
¿Te das cuenta? Nunca en la vida pediste una anulación. Y te cuento un secreto. Tus tickets son el arte que, cuidadosamente, colecciono en las paredes del living, del comedor y del dormitorio; ahí, uno junto a otro, se entremezclan comprobantes con tu nombre: Carla López, caja 4, hora 18:15, sucursal Avenida Italia.


Ay Carla, que vicio tu cutis dorado
Ay Carla, tu camisa blanca
Ay Carla, tu pronunciación de «caja libre», ni hablemos cuando decís «que pase el siguiente»
Ay Carla, vos, la época del cerquillo y todo tu ser


En ningún libro, jamás en la historia, leí a alguien tan desesperado porque llegue el sábado. Sábado y vos cubriendo la madrugada con el 222 en la puerta.
«Permiso oficial» digo en tono educado.
«Voy a comprar pilas triple A» le detallo con ganas.
¡¿Pero qué me importan las pilas?!
Me importás vos, Carla, la Carla de mis ensoñaciones nocturnas y que, con gemidos suaves, habita y puebla mis luminosas masturbaciones de pasado el mediodía, cuando el reloj apenas marca las dos.
Me importas vos, Carla, con tu alfombrilla donde remojas la yema de los dedos, con tus cinco centímetros de plataforma o tus chatitas de tela atigrada. Incluso un día, mirá que locura esto Carla, hasta te admiré mientras caminabas de crocs ¿podés creer? Verdes las crocs, naranjitas las medias. ¡Ay Carla!
En nombre del padre pido perdón y en el tuyo propio te deseo «salú» cuando estornudes o «que aproveches» cuando te llegue la hora del almuerzo.
Me cuesta encontrar una salida a este laberinto de pasión exacerbada, aunque, sin embargo, mientras tanto alivio la ansiedad acumulando puntos y pegando los tickets en mis paredes de pintura blanca.
Tengo fe y soy poco negado en cuestiones de esperanza, no obstante, Carla, aquella vez, en la esquina del super, mientras el semáforo alternaba verdes por amarillas y amarillas por rojas, yo fumé sin pausa. Miré hacia tu caja y no te ví. En tu lugar, con las nalgas en el banquito, estaba la gorda bulldog. Bulldog inglés, ojo, nunca francés.


¡Joder, Carla! Aquella vez, creo, fracasé cual judío principiante en el día del perdón.  


Temprano a la mañana pasé por la peluquería.
«Corte melena y bigote sin mordisquear las puntas, hoy me necesito más galán que nunca» advertí al peluquero con arrogancia de amante pebete y solemnidad de marinero.
Luego marché presto a la florería, decidido por las rosas y unos lirios de los valles.
«Ah pero que atino para acomodar colores» me felicitó el florista.
Y así, sin perder tiempo y con el dulzor del perfume acariciándome las orejas llegué hasta tu esquina; empachado en admiración, amor y lujuria. Ah, sí, sí, también alboroté la lengua con un vermucito seco. Me acomodé varias veces el chicle entre los dientes hasta que me di cuenta que no había chicle y sólo tenía dientes, lengua y saliva con gusto a martini.
Entonces las rosas y los lirios, quizás por el humo de los escapes o el sol de media tarde, tal vez por las lágrimas que dejé asomar, apuntaron sus pétalos al suelo.


Triste mi papel de amante escondido y mi destino de comprador frecuente.


Fallé, Carla. Olvidé la ley del día en que nada se hace. Se me pasó algo tan obligatorio y legal como el jornal del descanso. Mientras vos levantabas la mesa o sesteabas después de leer el capítulo nueve de la novela negra que tanto te atrapa. Mientras todo eso, yo y las flores que no tuviste suerte en conocer, nos frustramos con la abrumadora soledad de las citas acordadas sin reloj o anotadas en calendario deshojado.

¡Malditos los miércoles, Carla!