Cuando el agua comenzó a quemar intenté pisar poniendo los pies de lado. Levanté la parte interna y, sin pensarlo mucho, dejé que el contorno externo se fuera quemando. Al mismo tiempo fui largando gemidos breves al estilo: ah oh ah ah. Con esa parte de mis pies apoyada sobre el agua hirviendo recorrí gran parte del cuadrado recortado por zócalos de mármol verde que separa la ducha del resto del baño. Ah, no debo olvidar la serie de codazos que dí contra la mampara mientras agitaba los brazos como si fueran alas de un pichón de gavilán abriéndose en un primer vuelo.
Giré el grifo hacia un lado y hacia otro. Pero la temperatura no cambiaba. Fueron segundos que demoraron casi tanto como los años que demoré yo en facultad. ¿Por qué son lentos los años de facultad? Mejor dicho: ¿por qué son tan lentos los días entre lunes y viernes mientras uno tiene que estudiar en facultad? Porque, por más carrera universitaria que estemos cursando, sábado y domingo son siempre cortos. Y mucho más cortos cuando los pasamos en resaca.
Debería haber entrado a la ducha alcoholizado. En ese caso la quemadura no sería ahora mi principal afección psicológica. Simplemente sería una marca más en mi piel. Una entre las miles que me recorren el cuerpo. Quizás si me hubiese bañado en estado de ebriedad ahora me estaría preguntando por qué tengo las plantas de los pies ampolladas. Supondría, quizás, que tuve una noche loca y que mis amigos me invitaron a caminar sobre carbón en alguna especie de sacrificio a los dioses de la madrugada. Y no sería más que eso. Sin embargo ahora me cuestiono la estupidez que se apodera de mi cuando estoy frente al grifo.
Porque ahora tengo ducha con monocomando pero mi ignorancia en cuestiones hidráulicas también se daba cuando eran dos canillas: la derecha para el agua fría y la izquierda, la del corazón, para la caliente. Ahora pienso que esa relación: derecha - fría, izquierda - caliente, tampoco es una relación universal. Ni siquiera sé cuál es la opción mayoritaria. ¿Donde está la democracia cuando se la necesita? Esa es una de las razones que despiertan mi neurosis cuando, estando de viaje, voy parando entre un hostel y otro. A veces la caliente es la derecha, otras la izquierda. Y, si la vida quiere ponerse perra y hacerme sufrir de verdad, aparecen duchas con dos o tres grifos ubicados en ¡sentido vertical!
Sin embargo, a pesar de todas esas peripecias, jamás me había quemado como hoy. Ahora una capa de crema dermatológicamente testeada se interpone entre la piel y las medias. Porque encima hace frío, estamos en invierno, y no puedo andar por la vida descalzo. Y eso sí que es un reclamo a la vida: ya que me quemé varios centímetros de piel podría durarme el calor para no tener que abrigarme los pies. Pero no, a veces la cal no se mezcla con arena y solamente viene cal, y cal y cal y cal. ¡Y ojo que la cal también quema! Cierta mañana en que ayudaba a mi padre con la construcción de un pequeño galpón en el fondo de mi casa, había que utilizar cal para pintar una de las paredes. Cuando él terminó de pintar se me ocurrió utilizar el sobrante de cal para pintarme brazos y cara para imitar a nativos de una tribu africana. Mis padres se dieron cuenta de mi hazaña a la hora y media cuando entre a la casa a los gritos porque la piel me ardía. Terminamos en la emergencia de la mutualista. A los médicos le costó varios minutos comprender la situación.
Ahora parece que la crema dermatológicamente testeada está haciendo efecto. El ardor ya no es el de los primeros minutos. De todas maneras no quiero quitarme las medias para ver si el epitelio, el sagrado epitelio que recubre la carne de mis suaves y sensibles pies, ha comenzado el proceso de recuperación. La verdad es que prefiero la ignorancia. Ojos que no ven, corazón que no siente. ¿No?
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