lunes, 16 de julio de 2018

La alquimia de la paternidad

Ayer fue mi primer día del padre. Un día como cualquier otro excepto por los saludos de familiares y amigos que me alertaron de mi debut en este nuevo mundo paternal.

Miento, no fue un día común y tampoco corriente. Sin ser muy consciente, durante el día me fui desdoblando una y otra vez entre los roles de padre e hijo. Hijo, padre, padre, hijo, hijo, hijo, padre. Y así.

Mi hijo, con nombre de figura real, se llama Felipe. Y ayer se despertó a las risas. El resto del día estuvo en brazos de tíos y abuelos mientras sus primos le hicieron algunas "monerías" para divertirse con los gestos de bebé que aparecen a partir de las formas redondeadas de dos cachetes esponjosos. Al anochecer, de nuevo en casa, escuchamos Beatles y bailamos al ritmo de la bata de Ringo.

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Felipe está empezando a moverse cada vez con mayor ímpetu, sobre todo con sus piernas. El viernes bailó con Chico Buarque, el sábado con Eleanor Rigby y ayer, además del disco Revolver, lo invité a una primera escucha de Thriller, del dios pop universalmente conocido como Michael Jackson.

¿Y qué es lo genial de todo esto? Bueno, estoy aprendiendo a escuchar música. A escucharla de otra forma. Es algo que estamos haciendo juntos. Intentaré explicarlo mejor.

Por ejemplo: ahora bailo. Bailo con Felipe. Me paro frente a él cuando está en su silla y trato de moverme siguiendo algún patrón. Así Felipe se ha ido soltando, aprendiendo a mover sus extremidades (y yo también). Cuando se aburre de verme bailar, lo levanto en brazos y bailamos alguna canción en loop. Como buscando que nuestros pies desarrollen memoria.

Él disfruta y lo transmite con su mirada llena de atención en lo que ocurre a su alrededor. Giramos, saltamos, cantamos.

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Todo esto es tan extraño... Si antes de ser padre alguien me hubiese preguntado cómo serían los primeros días, semanas o meses de padre, mi respuesta jamás incluiría el verbo bailar. Esa ha sido, sin dudas, una de las mayores sorpresas que me deparó el rol de padre.

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Siento mucha curiosidad por saber cómo será el proceso interno de Felipe respecto a la música. ¿Vibrará con la armonía? ¿podrá seguir las líneas melódicas? ¿reconocerá las notas repitiéndose unas tras otras? Hasta el momento lo he notado más divertido que emocionado.

A la hora de dormir seguimos ambientando el fondo sonoro con una versión instrumental de Príncipe Azul (la canción de cuna compuesta por Eduardo Mateo con letra de Horacio Buscaglia) en este caso ejecutada por Gustavo Ripa. Esa canción acompaña a Felipe desde aquellos primeros meses en la panza de su mamá <3

Podría decir entonces que mi primer día del padre terminó con el tarareo de esa canción entre lunas, quesos, ratoncitos y blancas ardillas acompañando a un príncipe en un bosque encantado.

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Quizás esos versos me dicen algo de cómo vive Felipe cuando escucha música. Quizás la música no es para él otra cosa más que fantasía. Quizás todas las actividades de su mundo no son más que fantasía. Quizás la música es fantasía con ritmo: quizás, quizás, quizás.

Y si lo pienso, estos tres meses y medio de padre fueron para mí una especie de fantasía. Porque lo que empezó con amor, siguió con un vientre que se transformó en hotel; y luego con un ser que salió de otro ser y de inmediato lactó la teta de una madre primeriza; y apenas días más tarde el recién nacido se hizo bebé y los pañales se hicieron montaña y así nos dimos cuenta que el mundo no para. Porque ya no hay pausas y el día no se detiene.

Por eso también digo: la fantasía es movimiento.

Sí, creo que no estoy errado. ¿Acaso cuando alguien fantasea lo hace en un mundo estático?  No, los unicornios vuelan y las ardillas se ríen mientras Alicia cae por un túnel y un conejo saluda quitándose la galera. Así de inquieta es la fantasía.

En fin, el primer día del padre me llevó a una curiosa reflexión entre música y fantasía.

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Y, en esta pretensión de cierre, también llego a una especie de conclusión. Para mi la música fue y es una conexión espiritual que encontré como padre para alimentar a mi hijo. Así como la teta es la conexión máxima entre el bebé y su mamá; yo encontré en la música el hilo de unión cuerpo-alma entre dos seres. Dos pares cuerpo-alma unidos por algo más que genética. El milagro de la vida.

En esta fantasía, cruelmente condensada en la palabra «paternidad», nos convertimos con Felipe en alquimistas que, cada tarde en el calor del hogar, transformamos la música en leche. Para que la carne sea algo más que carne. Para ser como unicornios aprendiendo a volar.

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