Sos la blonda cajera que acepta mis billetes de mil pesos, sean para los alfajores bañados en chocolate o para los perifares que consumo en invierno; o en las noches donde llevo whisky, pastillas para mosquitos y cubitos de hielo; o leche descremada, dogui jamón y whiskas de queso. Sí, todo eso aunque no tenga mascotas ni practique dietas con la idea de bajar la panza.
Es que si estás en la caja me da lo mismo un insecticida berreta que una golosina de azúcar importado, vos cobrame, no te preocupes por el cambio, cobrame y bueno, sí, mirame.
Desconozco adónde enviaste el currículum para conseguir este trabajo pero en la tarea que propongo ni siquiera es requisito que sonrías, basta con una mirada. Si querés, si no es cuestión de esfuerzo, me dejaría satisfecho que lanzaras una guiñada. Pedir algo más sería de angurriento.
Además quiero atreverme a adivinar; a intuir a través de tu iris color verde sprite; quisiera develar la duda de si cuando me voy, al igual que yo, quedas pensando en una próxima vez, en que mi carro vuelva a tu caja, en que mi tarjeta recorra la zanjita de tu post.
Así de intrigado me tienen tus pensamientos, tus deseos, tus uñas rojas y tus broches de pelo. ¿Desearás que en el billete anote mi facebook? ¿O serás quizá una puritana que prefiera el número de teléfono anotado con tinta azul, en el billete de cincuenta sobre la oreja de Varela? ¡Qué perfil el de Varela, eh!
Te diría para entrar en tema «mirá si tengo suerte y sos fan de la túnica blanca con moña planchada»; te hablo de lo que quieras, escuela laica y gratuita si querés, y le agregamos obligatoria para que no sea todo juerga. Hasta me disfrazo de escolar novato en el arte de la tiza y la hago chirriar contra la pizarra.
«¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?» me pregunto yo.
«¿A cuánto están los sugus?» te pregunto a vos.
Sos la blonda cajera que usa pelo recogido con un palillo chino. Por vos soy entusiasta de la gastronomía asiática, ¿sabías? Arroz, zanahorias, fuego y un wok. Si te animás trae la salsa de soja. Dejá el resto por mi cuenta: las velas, la música, la pimienta.
Hoy que es jueves entrás a las dos de la tarde, te toca cubrir a la gordita con cara de bulldog, jamás me hablaste de ella, es cierto, pero le presté atención la vez que tu caja estaba cerrada, «día de balance» dijo la encargada. ¡Cuánta desventura esa vez! Me cobró la gordita. El código de barras no entraba, encima yo con una lata de anchoas. Ya ni recuerdo para que las compraba, sería por vos, supongo, para no marcar bobera con unas toallitas femeninas; ¡¿para qué llevar toallitas si por suerte la menstruación me es ajena?! Es que te veo ahí, pierdo la cabeza, la cordura, hasta la cédula.
¿Te das cuenta? Nunca en la vida pediste una anulación. Y te cuento un secreto. Tus tickets son el arte que, cuidadosamente, colecciono en las paredes del living, del comedor y del dormitorio; ahí, uno junto a otro, se entremezclan comprobantes con tu nombre: Carla López, caja 4, hora 18:15, sucursal Avenida Italia.
Ay Carla, que vicio tu cutis dorado
Ay Carla, tu camisa blanca
Ay Carla, tu pronunciación de «caja libre», ni hablemos cuando decís «que pase el siguiente»
Ay Carla, vos, la época del cerquillo y todo tu ser
En ningún libro, jamás en la historia, leí a alguien tan desesperado porque llegue el sábado. Sábado y vos cubriendo la madrugada con el 222 en la puerta.
«Permiso oficial» digo en tono educado.
«Voy a comprar pilas triple A» le detallo con ganas.
¡¿Pero qué me importan las pilas?!
Me importás vos, Carla, la Carla de mis ensoñaciones nocturnas y que, con gemidos suaves, habita y puebla mis luminosas masturbaciones de pasado el mediodía, cuando el reloj apenas marca las dos.
Me importas vos, Carla, con tu alfombrilla donde remojas la yema de los dedos, con tus cinco centímetros de plataforma o tus chatitas de tela atigrada. Incluso un día, mirá que locura esto Carla, hasta te admiré mientras caminabas de crocs ¿podés creer? Verdes las crocs, naranjitas las medias. ¡Ay Carla!
En nombre del padre pido perdón y en el tuyo propio te deseo «salú» cuando estornudes o «que aproveches» cuando te llegue la hora del almuerzo.
Me cuesta encontrar una salida a este laberinto de pasión exacerbada, aunque, sin embargo, mientras tanto alivio la ansiedad acumulando puntos y pegando los tickets en mis paredes de pintura blanca.
Tengo fe y soy poco negado en cuestiones de esperanza, no obstante, Carla, aquella vez, en la esquina del super, mientras el semáforo alternaba verdes por amarillas y amarillas por rojas, yo fumé sin pausa. Miré hacia tu caja y no te ví. En tu lugar, con las nalgas en el banquito, estaba la gorda bulldog. Bulldog inglés, ojo, nunca francés.
¡Joder, Carla! Aquella vez, creo, fracasé cual judío principiante en el día del perdón.
Temprano a la mañana pasé por la peluquería.
«Corte melena y bigote sin mordisquear las puntas, hoy me necesito más galán que nunca» advertí al peluquero con arrogancia de amante pebete y solemnidad de marinero.
Luego marché presto a la florería, decidido por las rosas y unos lirios de los valles.
«Ah pero que atino para acomodar colores» me felicitó el florista.
Y así, sin perder tiempo y con el dulzor del perfume acariciándome las orejas llegué hasta tu esquina; empachado en admiración, amor y lujuria. Ah, sí, sí, también alboroté la lengua con un vermucito seco. Me acomodé varias veces el chicle entre los dientes hasta que me di cuenta que no había chicle y sólo tenía dientes, lengua y saliva con gusto a martini.
Entonces las rosas y los lirios, quizás por el humo de los escapes o el sol de media tarde, tal vez por las lágrimas que dejé asomar, apuntaron sus pétalos al suelo.
Triste mi papel de amante escondido y mi destino de comprador frecuente.
Fallé, Carla. Olvidé la ley del día en que nada se hace. Se me pasó algo tan obligatorio y legal como el jornal del descanso. Mientras vos levantabas la mesa o sesteabas después de leer el capítulo nueve de la novela negra que tanto te atrapa. Mientras todo eso, yo y las flores que no tuviste suerte en conocer, nos frustramos con la abrumadora soledad de las citas acordadas sin reloj o anotadas en calendario deshojado.
¡Malditos los miércoles, Carla!
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