Aquí vengo a dejar la vida. Total, ya la he dejado en tantos lados. En un supermercado, en una fiesta, en una madrugada mientras esperaba el ómnibus. Eso por nombrar lo que se puede nombrar. También en otros sitios y en otras horas. Y en todos esos casos lo hice sin preguntar. Jamás pregunté si allí podía dejarla. ¿A quién se lo iba a preguntar? A quién o a qué. Así fui aprendiendo sobre la falta de respuestas. Que viene a ser contracara de la dificultad para formular las preguntas correctas. Creo que dejé la vida tratando de pensar las preguntas. Bueno, también la dejé bebiendo, fumando y comiendo. Y ni hablar que he dejado la vida, muchas vidas, cogiendo. Digo cogiendo porque no encontré otro gerundio. Ojo, podría haber dicho amando, masturbando, tocando. Todas valen. A esta altura... No se olviden que he dejado la vida.
Podría haber dicho fornicando. ¡Cuánta fuerza tiene el verbo fornicar! A mi entender es el que hace justicia a esa insensatez tan noble de meter un cuerpo dentro de otro. Y no sólo es penetración. El cuerpo penetra con caricias, palabras y aromas. Nada más animal que meterse dentro de otro nariz mediante. Tu déjame tu perfume, yo hago el resto. Si habré dejado vidas en olfatos ajenos.
Sin embargo, después de todo (y antes que nada), aquí sigo, esperando. Con desconocimiento pleno. Claro en la duda. Cero idea de lo que viene. De lo que pasará. Porque la vida se deja sin ganar experiencia. Contrario a lo que todos dicen. Mi única experiencia es la de experimentar, probar, arrastrarme y sentir. Y ahí queda. No sirve para otra cosa. Desconfíen de todo aquel que intente convencerlos de su utilidad. Dejar la vida es dejarla. A esperar que se enfríe en la noche y se ensucie en el día. Desconfíen también de aquel que llega limpio al ocaso. En el mejor de los casos miente. Y en el peor no habrá vivido.
Dejar la vida es también olvidarla. Y olvidar es de valientes. Porque duele mucho despertarse sin recordar. ¿Dónde estuve? ¿Quién me abrazó? Una vez dejé de recordar los abrazos y desde ese día mi corazón ya no tuvo pecho. Quedó a la intemperie. Latir sin costillas, sin un esternón que apriete y acompañe es como besar la frente a un muerto. Lo hacemos por nosotros, porque no tenemos alternativa pero sabemos que es un beso perdido. Besamos lo que fuimos, como para evitar el olvido. Y nada más.
Ahora me siento cansado. Siento de sentir y de sentarme. He dejado la vida sentado. Esperando. Esperé mientras olvidaba. Nada peor. Si olvidamos lo que esperamos no tenemos manera de saber a ciencia cierta hasta cuando esperar. Es una prisión. Quedamos ahí, mientras el reloj hace tic tac. Si esperar mientras olvidamos es una prisión, entonces el reloj es la máquina de tortura. El dolor más descarnado llega cuando alcanzamos plena consciencia del movimiento de las agujas. Es lo que decía. Las agujas nos penetran la carne. El tiempo nos duele.
Oler, amar, fornicar, olvidar. La vida es verbo. La vida es eso que se deja. Para que alguien más la agarre, la use, la tire. Para que alguien haga algo. Por eso lo digo. Para eso la he dejado.
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