lunes, 23 de enero de 2017

Apuntes sobre una historia violenta

A HISTORY OF VIOLENCE - David Cronenberg (2005)
Tom Stall vive en una pequeña ciudad (o en un gran pueblo) del estado de Indiana. Es dueño de un modesto restaurante donde, junto a una castaña camarera y un simpático cocinero, se encargan de preparar bocadillos y servir café negro. Tom también es padre de familia y esposo de una hermosa madre con cuerpo de porrista que trabaja de notaria. Así se presenta esta película estrenada en 2005 que llegó a mi pantalla casi doce años después.
En realidad, no es tan así pues la película comienza con la conversación que mantienen dos hombres en un coche estacionado. Ese es el punto de partida: dos hombres, un descapotable y la escena de un crimen. Ah, sí, la charla banal entre estos dos sujetos se condimenta con sangre. Uno de ellos, en busca de agua, entra a la oficina de la que había salido el otro y encuentra a un par de muertos con los respectivos charcos de líquido rojo. Y para no dejar la historia a medias, la escena inicial se cierra con una puerta que se abre. En la puerta aparece una niña balbuceando los sonidos del horror. El hombre que buscaba agua le apunta con su revólver. Aprieta el gatillo. El caño se ilumina. Fuego.
Con estos personajes ya se encendió el motor de la historia que, como el título bien dice, es una historia de violencia. Aunque quizá la traducción más apropiada sea Una historia violenta. En fin, qué más da.
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Tenemos entonces un puñado de personajes que, en principio, están muy cerca de convertirse en estereotipos y, en consecuencia, de invitarnos a noventa y seis minutos de aburrimiento sin más pero… ¡momento! El mecánico que lubrica este motor es ese flaco canoso de nombre David y de apellido Cronenberg. El mismo mecánico que aceleró los autos en Crash para trabajar con las parafilias de piernas ortopédicas escritas por Ballard. Y el mismo director que alcanzó el nivel imaginativo necesario para desnudar el almuerzo de la novela escrita por William Burroughs donde los insectos infestan los lisérgicos rincones de la mente del protagonista.
Esa es, a juicio  de este comentarista, una virtud que resalta en el talento del director pues convierte la tierra trillada en un paisaje fértil para sembrar dudas que alteran y perturban el sentido. Y, por si esto fuera poco, con algunas escenas, logra tensionar los músculos a tal punto de tentar al espectador a poner pausa, respirar profundo y mover la cabeza de un lado a otro para relajar las cervicales.
Un ejemplo de esto, sin contar la escena inicial de la niña en la puerta, es cuando uno de los asesinos forcejea con la camarera y la doblega mientras el otro ordena darle muerte. Más adelante aparecerán otras escenas que bien podrían servir de manual para noveles cineastas en cuanto a dosificar tensiones en un largometraje pero que, a efectos de evitar spoilers, ahora pasaremos por alto.
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Sigamos. Cuando el asesino se prepara para sentenciar la vida de la camarera, el hasta entonces tranquilo Tom Stall (protagonizado por Viggo Mortensen) en un movimiento digno de mercenario ruso, abandonando o no su cara de póker,  salta al otro lado del mostrador y hace justicia con revólver y balas ajenas. No recuerdo exactamente cuánto tiempo le lleva balear a los matones pero arriesgo: ¿cinco segundo nada más? ¿les parte el pecho y la cara en el mismo tiempo que le lleva completar un pocillo de café? Estoy seguro que cuando la película se estrenó en Madrid, algún espectador de cejas gruesas y tupidas exclamó: «¡joder! ¡pero quién coño es este tío!»
Y esa es una pregunta que apunta directamente a la curiosidad. Es decir, es una pregunta que se convierte en gancho y nos lleva a pedir más. Más datos, más acción, en fin, ¡más película pues!
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Luego de semejante acto heroico, donde no sólo salvó la vida de sus compañeros de trabajo sino que ajustició a criminales que ni siquiera el largo brazo de la ley podía alcanzar, los medios pasaron a darle masa. Aún sin su consentimiento, su rostro apareció en la televisión y en la portada de todos los diarios. Como era de esperar, el héroe alcanzó sus merecidos minutos de fama.
En esas circunstancias, la familia —sobre todo la bonita rubia que tiene como esposa— se convirtió en su sostén y, a la vez, en principal razón para despertar su lado protector. Esa faceta gana relevancia en el personaje y le oscurece su presente de padre dulce y tranquilo.
Sin embargo, así como la fama lo ubicó en un pedestal de admiración, también le pagó con un billete que él se negó a aceptar.
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¿Pero quién insistía en darle ese billete? Y la respuesta es… ¡el mismísimo Ed Harris! Hizo su aparición estelar bajando de un coche con vidrios negros, vistiendo traje negro y ocultando su rostro desfigurado tras sus lentes negros. Se sentó en la barra y con aire de sicario empezó a llamar a nuestro héroe Tom por otro nombre. Sí, efectivamente, en lugar de llamarlo Tom, lo llamaba Joey. Joey esto, Joey lo otro.
Claro está que Tom —¿o era Joey?— negaba rotundamente llamarse así. Entonces las sospechas: ¿quién carajo es nuestro héroe? ¿qué esconde detrás de ese tono de voz apagado?
Podemos decir que ahora la película, como una represa rebosante de agua dulce, ya no podrá contener todo el caudal que se ha acumulado y sólo se detendrá cuando, por fin, aparezca la verdad.
Una verdad que, en términos superficiales, se moverá en torno a la verdadera identidad de Tom Stall (y eso ya es motivo suficiente para darle play a la película). Pero, para nuestra fortuna, Cronenberg no nos trajo hasta aquí simplemente para trazar el recorrido de su personaje. Hay algo más, que se me antoja más profundo y encerrado no tanto en nuestra sicología sino más bien en nuestra especie.
Al escarbar en el pasado de Tom y al seguir de cerca los acontecimientos que lo llevan a él mismo a conducir su vehículo por horas y horas para develar el misterio, caemos en otra cuestión que podría formularse de la siguiente manera: ¿podrá Tom escapar del pasado? O dicho de otro modo: ¿puede un hombre hacer borrón y cuenta nueva? ¿quién está dispuesto a pagar el precio de esa factura?
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Ahora sí está pronta la cena. Pero para saborear el banquete no podemos ser cobardes. Sin vergüenza alguna tenemos que decir que sí, que llegamos hasta ahí porque teníamos hambre.

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