No sé sobre qué escribir. Para decirlo en términos exactos: me faltan ideas. Para decirlo sin faltar a la verdad: no tengo ganas. Lo curioso es que, cuando tomo consciencia de que me falta el deseo, el deseo aparece. Algo así como cuando nos damos cuenta que alguien no está en su escritorio y en ese instante aparece. En fin, tampoco estoy seguro si el ejemplo es acertado.
Aunque nadie lo pregunte, vengo a comentar un par de pensamientos que se mantienen vivitos y coleando en mi cabeza. El primero del que daré cuenta es algo parecido a una conclusión. La primera vez que lo pensé* venía pedaleando en la bici rumbo al trabajo. Era poco antes de las ocho de la mañana. Parecía que iba a ser un día soleado. Corría una brisa suave, cosa que ayudaba a bajar la temperatura. Igual no me parece que este sea un invierno frío. Para ser honesto diría que es un invierno bastante leve. Claro que pueden acusarme por disfrutar la época invernal. Pero también la paso bien en verano. Soy de los que creen que todas las estaciones tienen algo bueno, al menos en estas latitudes rioplatenses donde tenemos cuatro estaciones (como Vivaldi).
No es escritor el que publica, es escritor el que escribe. Lo dije sin mayor introducción así no me distraigo. Antes, hasta hace poco tiempo, creía que publicar un libro era lo que te hacía escritor. Algo así como llegar a un destino. Sin embargo maduré la idea y ahora estoy más cercano a pensar al escritor como aquel que destina parte de su día a sembrar (o cosechar) palabras sobre el papel. A cargarlo de sentido. Y un poco más allá están aquellos que dedican la vida a escribir. Esos, como en todas las artes, escapan a esta dimensión. Porque al dedicar la vida, es decir, al poner la escritura como centro, vencieron la implacable ley de la inercia. El sistema está diseñado para empujarnos por determinados carriles desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Y escribir es escapar de esos carriles.
Por eso hoy vine a heder aquí. Para escribir un rato. No agarré el lápiz pero achiqué el desgano tecleando un rato. También como inspiración leí algunos párrafos escritos por Bukowski. Cuánta pólvora ardiendo y cuántas mujeres rondando. Si las mujeres eran tiburones él se encargaba de terminar en medio del mar nadando desnudo. Maldito desfachatado.
Tampoco nadie me preguntó cómo fue mi día. Comenzó temprano. Fui a la casa de un amigo a trabajar en un proyecto de base de datos. Estamos en ese momento de transición donde se pasa del análisis a la implementación. Ya definimos lo que necesitamos. Ahora pasaremos a construirlo. Es decir, es momento de decirle a los datos: si sos tal cosa, hacé tal otra.
De la casa de mi amigo salí para la oficina. Anduve en bici por la avenida 8 de octubre. No es una avenida muy benevolente con los ciclistas. Circula un ómnibus tras otro. Los semáforos están coordinados para detener el tránsito cada dos o tres cuadras. Mientras tanto la vereda es un hervidero de gente. Me acuerdo ahora de un veterano que intentó cruzar la calle en un semáforo y justo cambió a luz roja. Empezó a putear, agitó el brazo como si se tirase un puñado de sal por encima del hombro, se dio media vuelta y siguió caminando por la vereda. Setenta, setenta y cinco años tendría. Y andaba ahí, mezclado con pibes de menos de veinte. Esa es la esencia ochoctubrense: una calle para los buscavidas. Los que llegan hasta ahí para hacer trasbordo con otro ómnibus. Los que trabajan en una zapatería. Los que gastan la jubilación en esos boliches donde la luz siempre entra hasta la mitad. Los que miran para luego escribir. O los que escuchan para después decir. Ocho de octubre esto. Ocho de octubre lo otro.
Después fue toda una tarde de oficina. Ahí la diversión es otra pero no viene a cuenta de este post.
Afortunadamente hoy rompí un poco con la inercia. No es menor. Además, en este rato que estuve escribiendo, me olvidé de mirar la pantalla del celular. No me importaron las noticias, ni los comentarios de Twitter, ni las partidas de ajedrez. Porque esa sería la otra excusa para ponerme a escribir: reflexionar un poco sobre la cuestión de las pantallas. De alguna forma las pantallas ya cambiaron y continuarán cambiando la evolución humana. Todos mirando, todo el tiempo, continuamente alternando entre la televisión, la computadora, el display del microondas. ¿No parece probable que en cierto tiempo gran parte del cuerpo sirva para mirar? Dedos como ojos, pies como ojos, órganos sexuales como ojos. Un pito que mire, una vagina que observe. En fin, no mucho más.
* Me permito hacer una analogía con el principio de Heisenberg. Entiendo que para el ser humano es imposible determinar el lugar exacto donde se encontraba mientras pensaba por primera vez en algo concreto. El argumento, tan básico como sólido, es que, si estamos pensando en determinado asunto no tenemos la capacidad para, por ejemplo, prestar atención al número de puerta y a la calle por la cual venimos caminando en ese preciso instante. O prestamos atención a la ubicación o nos concentramos en el pensamiento que batíamos en la cabeza. Por eso jamás sabremos donde estábamos cuando pensamos tal cosa. En todo caso diremos alguna aproximación. Pero, si lo razonamos un poco, nos damos cuenta que todo lo que vemos es una aproximación. ¿O no?
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