Pienso que, en el terreno expresivo, los grandes comienzos se acercan al misterioso sendero de la ambigüedad.
Por una parte ocurre que en las primeras palabras sentimos la necesidad de abrocharnos el cinturón de seguridad. Esto será intenso, pensamos. Y tiramos la cinta hasta sentir la presión contra el cuerpo.
En el mismo sentido, pero en diferente dirección, esas mismas palabras también nos invitan a una suerte de salto al vacío. Y con independencia de nuestro umbral de vértigo no hacemos más que continuar el rumbo trazado por esas imágenes, palabras o sonidos que nos enamoraron con la misma facilidad que antes nos había enamorado aquella jovencita con labios tiernos y saliva fría.
Y hablando de un gran comienzo es inevitable dejar fuera al primer párrafo de El guardián entre el centeno. ¿A quién le habla el narrador? Aquí estamos para hablar de principios así que no vamos a revelar el final. Pero sin vergüenza alguna podemos decir: “es obvio que a nosotros, ¡nos habla a nosotros!”. Entonces: no podemos ser tan poco amables de dejar al chico hablando sólo ¿verdad?
Con ese truco Salinger nos atrapó. Convirtió su historia en la muchacha de labios tiernos. Pero no sólo se contenta con el enamoramiento. Está decidido a sacarle jugo a la conquista. Del mismo modo que aquella jovencita que, mientras alejaba nuestros dedos de su ropa interior, nos decía sonriendo «ya sé… vos querés eso… pero ahora te voy a dar esto»; el protagonista de Salinger osa en narrar lo que él quiere narrar haciéndonos saber que, deliberadamente, no narrará lo que nosotros queremos que narre.
Tampoco es para ponerse triste. Lo que tiene para contarnos Holden, con toda desfachatez, es quizás mucho más interesante de lo que nosotros queríamos escuchar. Como la niña que nos besó con saliva fría y nos apartó la mano de su braga ¿se acuerdan?. Demoró en decir lo que queríamos escuchar. Antes sembró el terreno con las trampas que nos emborracharon de deseo. ¿O me equivoco?
Holden tal vez es adolescente, inmaduro y en ese primer párrafo tiene muy presente a sus padres. No sé si me animaría a saltar al vacío con él. Sin embargo con esa primera persona del singular se asegura tenerme cerca. Al menos yo lo siento al lado.
Por ahora voy a leerlo con el cinturón abrochado. Le seguiré prestando el oído, ya veremos si saltamos.

