miércoles, 30 de noviembre de 2016

Ejercicio #5 - Tras las palabras de Salinger

Pienso que, en el terreno expresivo, los grandes comienzos se acercan al misterioso sendero de la ambigüedad.
Por una parte ocurre que en las primeras palabras sentimos la necesidad de abrocharnos el cinturón de seguridad. Esto será intenso, pensamos. Y tiramos la cinta hasta sentir la presión contra el cuerpo. 
En el mismo sentido, pero en diferente dirección, esas mismas palabras también nos invitan a una suerte de salto al vacío. Y con independencia de nuestro umbral de vértigo no hacemos más que continuar el rumbo trazado por esas imágenes, palabras o sonidos que nos enamoraron con la misma facilidad que antes nos había enamorado aquella jovencita con labios tiernos y saliva fría.
Y hablando de un gran comienzo es inevitable dejar fuera al primer párrafo de El guardián entre el centeno. ¿A quién le habla el narrador? Aquí estamos para hablar de principios así que no vamos a revelar el final. Pero sin vergüenza alguna podemos decir: “es obvio que a nosotros, ¡nos habla a nosotros!”. Entonces: no podemos ser tan poco amables de dejar al chico hablando sólo ¿verdad?
Con ese truco Salinger nos atrapó. Convirtió su historia en la muchacha de labios tiernos. Pero no sólo se contenta con el enamoramiento. Está decidido a sacarle jugo a la conquista. Del mismo modo que aquella jovencita que, mientras alejaba nuestros dedos de su ropa interior, nos decía sonriendo «ya sé… vos querés eso… pero ahora te voy a dar esto»; el protagonista de Salinger osa en narrar lo que él quiere narrar haciéndonos saber que, deliberadamente, no narrará lo que nosotros queremos que narre.
Tampoco es para ponerse triste. Lo que tiene para contarnos Holden, con toda desfachatez, es quizás mucho más interesante de lo que nosotros queríamos escuchar. Como la niña que nos besó con saliva fría y nos apartó la mano de su braga ¿se acuerdan?. Demoró en decir lo que queríamos escuchar. Antes sembró el terreno con las trampas que nos emborracharon de deseo. ¿O me equivoco?
Holden tal vez es adolescente, inmaduro y en ese primer párrafo tiene muy presente a sus padres. No sé si me animaría a saltar al vacío con él. Sin embargo con esa primera persona del singular se asegura tenerme cerca. Al menos yo lo siento al lado. 
Por ahora voy a leerlo con el cinturón abrochado. Le seguiré prestando el oído, ya veremos si saltamos.

martes, 29 de noviembre de 2016

Ejercicio #3 - Borrador para el inicio de EL LAGO DEL CISNE GORDO

Se abrocha la camisa del uniforme azul frente al espejo del camerino. Así lo hace cada vez que puede, es decir, siempre y cuando no haya bailarines o artistas que ocupen esos aposentos. Trabajar en el teatro más reconocido de su ciudad le ha significado una suerte de logro vital. Algo así como llegar a la cima de una montaña sin más equipo que los músculos de sus extremidades. Pero como es natural, cuando ya no hay más para trepar, uno mira alrededor para hacerse una idea de espacio. A partir de esa imagen es posible dimensionar el territorio donde se está ubicado. Entonces aparecen las ideas. Podría hacer esto o lo otro. Quizá sea buena idea construir una cabaña o, según los deseos de Waldemar, bailar al compás marcado por la obra de Tchaikovsky.
En ese punto del mapa, podría interpretarse, se encuentra Waldemar. Su carrera como técnico teatral llegó a un punto donde no aparecen ya más piedras por superar. Mientras termina de acomodarse la camisa y por sobre el cinturón se desparrama su panza un tanto más flácida que ayer, vuelve a mirarse en el espejo y esa acción, en lugar de amedrentarlo, le enciende la motivación como turbinas cerebrales que le indican “es tiempo de despegar, Waldemar”.
Antes de retirarse para comenzar con la reparación de algunas luminarias o martillar tablas para emparejar el piso del escenario, se para junto a la puerta del camerino, donde contempla, durante algunos segundos, el póster del Lago de los cisnes que en poco más de un mes se estrenará allí mismo. Y no es menos importante que será su compañía de ballet la que interpretará tan afamada obra.
Waldemar observa el póster y planifica sus tareas para que en la fecha de estreno todos los artefactos funcionen a la perfección. Las luces tendrán la intensidad exacta que detalla la ficha. Las máquinas moverán la escenografía sin desviar ni un centímetro el recorrido de las pesadas estructuras de madera. Pero Waldemar no se contenta con la gloria técnica.

Ejercicio #4 - Un comienzo con “Sam no estaba seguro… “

Sam no estaba seguro de si era una señal maravillosa o el presagio de un desastre pero sí sabía que las manchas de Coca Cola nunca se quitan con el primer lavado. ¿Por qué no prestó atención al abrir la botella? Casi seis meses esperando la entrevista con el director ejecutivo y cuando llega el momento no tiene más opción que entrar a la oficina con la camisa manchada. Primero pensó en decir la verdad. Destapó la Coca mientras corría para llegar en hora sin pensar en la efervescencia de la bebida. Pero enseguida pensó que eso delataría su problema de impuntualidad. Porque si hubiese planificado bien sus tiempos, no tendría necesidad de andar a las corridas para llegar a la entrevista. Sin hablar de la impresión asquerosa que el director ejecutivo podría llegar a formarse a raíz del sudor que le untaba la piel por apurar el paso bajo el sol del verano montevideano. Sin embargo ese último pensamiento se desvaneció cuando evaluó que impresiones vinculadas a la piel, entre hombres, sólo tendrían lugar entre tipos con orientaciones homosexuales. Y ni él, ni el director ejecutivo (creía) era homosexual. Aunque nada podría afirmar sobre la sexualidad de éste salvo que, deliberadamente, intentara de comprobarlo. ¿Y si el director era gay? Entonces Sam comenzó a interrogarse, en esos segundos que le quedaban antes del comienzo de la entrevista, sobre qué tanto deseaba aquel puesto como Consejero Delegado. ¿Estaba dispuesto a un affair homosexual para conseguirlo? Si así fuese, la mancha en la camisa era un buen punto de partida. La entrevista era a solas. Si apostaba por aquella estrategia, podría, sin más preámbulos, plantearle al director para quitarse la camisa mientras la Coca Cola se secaba. Una reunión en cueros, pensó. Sería una experiencia nueva. Eso le atraía. Confiaba en su físico trabajado con horas y horas de gimnasio. Sus pectorales marcados. Sus abdominales como camalotes en un pequeño lago de carne. ¿Estaría dispuesto? Por última vez, se preguntó: ¿realmente estoy dispuesto? Y en ese mismo instante, casi en simultáneo con la pregunta, llegó a una respuesta casi tan firme como sus músculos. ¡Qué sí! Que se arriesgaría. Que si podía seducir al hombre, ya no tendría más límites para crecer en aquella corporación. Entonces la puerta se abre y Sam entra con el pecho inflado. El director, sentado en su sillón de cuero negro, hablaba por teléfono. Sam se quedó parado junto al escritorio y, aunque sin quererlo, no pudo evitar escuchar la conversación. Parecía que conversaba con un abogado. El director se agitaba y poco a poco fue alzando el volumen. La voz del otro lado intentaba calmarlo. De repente el director se irguió y comenzó a los gritos.
— ¡Putos infames! ¡Y los jueces también! ¿Cómo me van a declarar culpable? ¿Qué tiene de homofobia despedir a tres dependientes por andar penetrándose en horario de oficina? —el director se tomaba de la corbata y gritaba— ¡No! ¡No me puedo callar! ¡Putos asquerosos! ¡En mi compañía no! ¡Que se vayan al desierto si quieren perpetrar tales infamias! ¡O a una playa nudista! —y Sam seguía allí parado, escuchando los gritos— De esas hay a montones para los desviados europeos. ¡Que se vayan a Mallorca! ¡o mejor a Ibiza! No entiendo para que pago abogados si ni siquiera pueden defenderme de los desquiciados homosexuales…
Hasta que el director colgó el teléfono de un golpe y pidió disculpas a Sam por lo que acababa de ocurrir.
Sam temblaba. Con los dientes rechinando atinó a responder:
— ¡Fue un puto! ¡Un puto me destapó la Coca! 

lunes, 28 de noviembre de 2016

Ejercicio #1: sobre una obra de ficción muy apreciada

Viaje al fin de la noche - Ed. Edhasa

En el ejercicio se me pide que elija una obra de ficción “que aprecie”. Entonces recorro la biblioteca con la vista y la lista crece casi sin límite. Aprecio muchas obras, señora. 
Muchas veces ocurre que, mientras avanzo con determinada lectura, encuentro suficiente evidencia para considerar que ésa (escrito así, con tilde para evitar toda ambigüedad), la del presente, es la mejor obra que he leído jamás.
Por eso, con un proceso de lectura así de fanático, resulta harto difícil inclinarme por una u otra.
Pero basta ya de rodeos. Para cumplir con la propuesta cerraré los ojos y seleccionaré el libro que mi dedo índice, tan ciego como yo, señale en el próximo instante. En un par de segundos abriré los ojos y zas! La magia está hecha.
VIAJE AL FIN DE LA NOCHE de Louis-Ferdinand Céline.
Sigamos con la propuesta del ejercicio: ¿por qué me gusta leer esta novela?
Porque el personaje no para de hablar o, mejor dicho, de pensar. Pero piensa con palabras. Entonces a mi, como lector, me da lo mismo tanto sea un parlamento o un pensamiento. Ahí radica el oficio del escritor. La celineada, diría yo como para acotar el asunto a esta novela.
Ese efecto de autor se logra porque el personaje parece estar vivito y coleando. A ver, para explicarme un poco más claro, diré que Céline da vida a su personaje poniendo en su boca palabras típicas del argot francés en época de guerra. Con esto logra que Ferdinand Bardamu salga del plano literario para acercarse cada vez más al plano de los cuerpos de carne y hueso.
Y el escritor no solo se vale de efectos lingüísticos para construir al personaje. Bardamu, con su discurso y pensamiento, nos presenta su filosofía. Algo así como una carta magna personal que justifica cada uno de sus movimientos. ¿Así que las personas de carne y hueso funcionan de acuerdo a una suerte de constitución individual? No, no solamente. 
Hay momentos en que Bardamu se aparta de esta carta magna implícita para hacer lo que el cuerpo, como materia, le ordena sin más fundamento que el deseo carnal. Así llega, por ejemplo, a esperar en la sala de alguna casa acomodada (o de algún argentino que anda de negocios en París para hacer dinero con las contingencias de la Primera Guerra Mundial) a que su mujer termine de brindar los servicios sexuales que le dan sustento económico. Y él espera. Con paciencia. Aunque por dentro imagine las peores situaciones (o las mejores felaciones, depende de que lado usted mire el hecho) que tienen lugar en la boca de su amada.
También considero que la magia (para apegarme a la pregunta de este ejercicio) radica en la profundidad de las reflexiones que abundan en el pensamiento de Ferdinand Bardamu.
Una que recuerdo ahora: «Cuando sigues un entierro, todo el mundo se descubre, ceremonioso, para saludarte. Da gusto. Es el momento de comportarse como Dios manda, de adoptar expresión de decoro y no bromear en voz alta, de regocijarse sólo por dentro. Está permitido. Por dentro todo está permitido.»
Entonces: ¿cómo no apreciar esta novela? Ya sea una libreta de almacén, una servilleta, una presentación de Power Point o cualquier otro lienzo con palabras escritas que advierta que “por dentro todo está permitido” es digna de ser apreciada. Y en mi caso incluso más. Porque además de lo romántico o heroico que la cita pueda sonar, es también una revelación sobre la característica más poderosa de toda ficción. Perdón si caigo en una obviedad pero es la ficción nuestra única posibilidad de saber lo que pasa por dentro. Y también es el único terreno donde tenemos libertad absoluta para que eso que está sucediendo se mueva hacia todas las direcciones que necesite moverse.
Está bien, llegado este punto confieso que no elegí este libro al azar. Simplemente necesitaba una ficción para ejercitarme y seleccioné la que me parece la mejor de toda la historia. De todos los tiempos. De todos los autores. De todas las palabras. Sí. En EL VIAJE AL FIN DE LA NOCHE (Voyage au bout de la nuit, en su idioma original) encontré la magia que sólo aparece cuando los personajes logran separarse del papel y salir corriendo hacia el encuentro de su propio destino. 
Para ser honesto, no sé si es la mejor o no. Ya sabemos que eso, a menos que esto fuera una competencia, no tiene importancia alguna. Sin embargo, y por esto para mi sí es un hecho trascendente, desde hace meses no puedo parar de leerla. Sigo a Bardamu a la batalla que sea. 

Ejercicio #2 - Diez ideas narrativas a partir de un clásico suspendido (y una garrafa de trece kilos)

Foto de Carlos Lebrato

1) Una garrafa de trece kilos cae, desde lo alto de una tribuna, hacia las afueras de un estadio y pone en riesgo la vida de un grupo de policías.
2) Dirigentes de instituciones deportivas y altos mandos de la policía se reúnen en los pasillos del Estadio Centenario para decidir si el partido más importante del fútbol uruguayo se suspende o no. El centro del debate radica en las medidas de seguridad para llevar adelante la competencia (sin muertos ni heridos entre el público). Todo esto mientras se sabe que parciales del equipo aurinegro arrojaron una garrafa de trece kilos contra un grupo de policías. La reunión entre dirigentes y jerarquías policiales tiene severos síntomas de informalidad y es televisada en directo para todo el mundo.
3) El Jefe de Policía de Montevideo sugiere que la solución para que se juegue el partido es desalojar la tribuna Ámsterdam, lugar donde se encuentran los revoltosos responsables de arrojar la garrafa de trece kilos contra las fuerzas policiales. Al mismo tiempo el jerarca señala la imposibilidad del desalojo sin que ocurran incidentes de gravedad.
4) Poco antes de que la garrafa cayera, las fuerzas de choque intentan reprimir a algunas decenas de inadaptados que corren por la principal avenida de Montevideo mientras rompen cristales y arrojan piedras contra los policías. Desde un balcón de esa misma avenida una madre filma los episodios con su celular mientras que le dice a su hija pequeña “no, nena, no mires esto que es horrible”. Casi en simultáneo el video comienza a circular por las redes sociales.
5) Mientras la garrafa está en el aire, uno de los policías levanta su escudo del mismo modo que lo haría para no mojarse con unas gotas de lluvia y trata de responder un whatsapp de su esposa donde ésta lo increpa por haberse gastado los “últimos pesos” de su sueldo en una suscripción premium a Spotify.
6) Una garrafa de trece kilos cae desde varios metros de altura y no lesiona a nadie.
7) Una garrafa de trece kilos cae desde varios metros de altura, estalla, una decena de personas resultan heridas de gravedad y dos policías mueren en el acto.
8) Un periodista del único medio que televisa el partido insiste con la idea de que en época de dictadura no ocurrían incidentes de este tipo. Una señora de ochenta años, que seguía la transmisión con cierta atención, pensaba “¿Este hombre se refiere a la misma dictadura que hizo desaparecer a mi hermano, mi marido y mis dos hijos?”. Y agregó en palabras: “Scelza es el Novick de los comentaristas”. “O Novick es el Scelza de la política” se interrogó con marcada duda.
9) En la misma ciudad y a pocas cuadras del estadio donde un grupo de criminales arrojó una garrafa de trece kilos, un muchacho de treinta años recibe a sus invitados en el flamante apartamento donde acaba de mudarse. Cuando los invitados sacan el tema del partido, el muchacho pregunta quién ganó. Los invitados se ríen y le aclaran que no se jugó porque desde la Ámsterdam cayó una garrafa (de trece kilos).
10) Al día siguiente de los incidentes, también a pocas cuadras del estadio donde un grupo de criminales arrojó una garrafa de trece kilos, un muchacho de treinta y tres años intenta escribir diez ideas narrativas a partir de un partido clásico suspendido y una garrafa de trece kilos.