martes, 29 de noviembre de 2016

Ejercicio #4 - Un comienzo con “Sam no estaba seguro… “

Sam no estaba seguro de si era una señal maravillosa o el presagio de un desastre pero sí sabía que las manchas de Coca Cola nunca se quitan con el primer lavado. ¿Por qué no prestó atención al abrir la botella? Casi seis meses esperando la entrevista con el director ejecutivo y cuando llega el momento no tiene más opción que entrar a la oficina con la camisa manchada. Primero pensó en decir la verdad. Destapó la Coca mientras corría para llegar en hora sin pensar en la efervescencia de la bebida. Pero enseguida pensó que eso delataría su problema de impuntualidad. Porque si hubiese planificado bien sus tiempos, no tendría necesidad de andar a las corridas para llegar a la entrevista. Sin hablar de la impresión asquerosa que el director ejecutivo podría llegar a formarse a raíz del sudor que le untaba la piel por apurar el paso bajo el sol del verano montevideano. Sin embargo ese último pensamiento se desvaneció cuando evaluó que impresiones vinculadas a la piel, entre hombres, sólo tendrían lugar entre tipos con orientaciones homosexuales. Y ni él, ni el director ejecutivo (creía) era homosexual. Aunque nada podría afirmar sobre la sexualidad de éste salvo que, deliberadamente, intentara de comprobarlo. ¿Y si el director era gay? Entonces Sam comenzó a interrogarse, en esos segundos que le quedaban antes del comienzo de la entrevista, sobre qué tanto deseaba aquel puesto como Consejero Delegado. ¿Estaba dispuesto a un affair homosexual para conseguirlo? Si así fuese, la mancha en la camisa era un buen punto de partida. La entrevista era a solas. Si apostaba por aquella estrategia, podría, sin más preámbulos, plantearle al director para quitarse la camisa mientras la Coca Cola se secaba. Una reunión en cueros, pensó. Sería una experiencia nueva. Eso le atraía. Confiaba en su físico trabajado con horas y horas de gimnasio. Sus pectorales marcados. Sus abdominales como camalotes en un pequeño lago de carne. ¿Estaría dispuesto? Por última vez, se preguntó: ¿realmente estoy dispuesto? Y en ese mismo instante, casi en simultáneo con la pregunta, llegó a una respuesta casi tan firme como sus músculos. ¡Qué sí! Que se arriesgaría. Que si podía seducir al hombre, ya no tendría más límites para crecer en aquella corporación. Entonces la puerta se abre y Sam entra con el pecho inflado. El director, sentado en su sillón de cuero negro, hablaba por teléfono. Sam se quedó parado junto al escritorio y, aunque sin quererlo, no pudo evitar escuchar la conversación. Parecía que conversaba con un abogado. El director se agitaba y poco a poco fue alzando el volumen. La voz del otro lado intentaba calmarlo. De repente el director se irguió y comenzó a los gritos.
— ¡Putos infames! ¡Y los jueces también! ¿Cómo me van a declarar culpable? ¿Qué tiene de homofobia despedir a tres dependientes por andar penetrándose en horario de oficina? —el director se tomaba de la corbata y gritaba— ¡No! ¡No me puedo callar! ¡Putos asquerosos! ¡En mi compañía no! ¡Que se vayan al desierto si quieren perpetrar tales infamias! ¡O a una playa nudista! —y Sam seguía allí parado, escuchando los gritos— De esas hay a montones para los desviados europeos. ¡Que se vayan a Mallorca! ¡o mejor a Ibiza! No entiendo para que pago abogados si ni siquiera pueden defenderme de los desquiciados homosexuales…
Hasta que el director colgó el teléfono de un golpe y pidió disculpas a Sam por lo que acababa de ocurrir.
Sam temblaba. Con los dientes rechinando atinó a responder:
— ¡Fue un puto! ¡Un puto me destapó la Coca! 

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