Se abrocha la camisa del uniforme azul frente al espejo del camerino. Así lo hace cada vez que puede, es decir, siempre y cuando no haya bailarines o artistas que ocupen esos aposentos. Trabajar en el teatro más reconocido de su ciudad le ha significado una suerte de logro vital. Algo así como llegar a la cima de una montaña sin más equipo que los músculos de sus extremidades. Pero como es natural, cuando ya no hay más para trepar, uno mira alrededor para hacerse una idea de espacio. A partir de esa imagen es posible dimensionar el territorio donde se está ubicado. Entonces aparecen las ideas. Podría hacer esto o lo otro. Quizá sea buena idea construir una cabaña o, según los deseos de Waldemar, bailar al compás marcado por la obra de Tchaikovsky.
En ese punto del mapa, podría interpretarse, se encuentra Waldemar. Su carrera como técnico teatral llegó a un punto donde no aparecen ya más piedras por superar. Mientras termina de acomodarse la camisa y por sobre el cinturón se desparrama su panza un tanto más flácida que ayer, vuelve a mirarse en el espejo y esa acción, en lugar de amedrentarlo, le enciende la motivación como turbinas cerebrales que le indican “es tiempo de despegar, Waldemar”.
Antes de retirarse para comenzar con la reparación de algunas luminarias o martillar tablas para emparejar el piso del escenario, se para junto a la puerta del camerino, donde contempla, durante algunos segundos, el póster del Lago de los cisnes que en poco más de un mes se estrenará allí mismo. Y no es menos importante que será su compañía de ballet la que interpretará tan afamada obra.
Waldemar observa el póster y planifica sus tareas para que en la fecha de estreno todos los artefactos funcionen a la perfección. Las luces tendrán la intensidad exacta que detalla la ficha. Las máquinas moverán la escenografía sin desviar ni un centímetro el recorrido de las pesadas estructuras de madera. Pero Waldemar no se contenta con la gloria técnica.
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