Ayer fue mi primer día del padre. Un día como cualquier otro excepto por los saludos de familiares y amigos que me alertaron de mi debut en este nuevo mundo paternal.
Miento, no fue un día común y tampoco corriente. Sin ser muy consciente, durante el día me fui desdoblando una y otra vez entre los roles de padre e hijo. Hijo, padre, padre, hijo, hijo, hijo, padre. Y así.
Mi hijo, con nombre de figura real, se llama Felipe. Y ayer se despertó a las risas. El resto del día estuvo en brazos de tíos y abuelos mientras sus primos le hicieron algunas "monerías" para divertirse con los gestos de bebé que aparecen a partir de las formas redondeadas de dos cachetes esponjosos. Al anochecer, de nuevo en casa, escuchamos Beatles y bailamos al ritmo de la bata de Ringo.
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Felipe está empezando a moverse cada vez con mayor ímpetu, sobre todo con sus piernas. El viernes bailó con Chico Buarque, el sábado con Eleanor Rigby y ayer, además del disco Revolver, lo invité a una primera escucha de Thriller, del dios pop universalmente conocido como Michael Jackson.
¿Y qué es lo genial de todo esto? Bueno, estoy aprendiendo a escuchar música. A escucharla de otra forma. Es algo que estamos haciendo juntos. Intentaré explicarlo mejor.
Por ejemplo: ahora bailo. Bailo con Felipe. Me paro frente a él cuando está en su silla y trato de moverme siguiendo algún patrón. Así Felipe se ha ido soltando, aprendiendo a mover sus extremidades (y yo también). Cuando se aburre de verme bailar, lo levanto en brazos y bailamos alguna canción en loop. Como buscando que nuestros pies desarrollen memoria.
Él disfruta y lo transmite con su mirada llena de atención en lo que ocurre a su alrededor. Giramos, saltamos, cantamos.
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Todo esto es tan extraño... Si antes de ser padre alguien me hubiese preguntado cómo serían los primeros días, semanas o meses de padre, mi respuesta jamás incluiría el verbo bailar. Esa ha sido, sin dudas, una de las mayores sorpresas que me deparó el rol de padre.
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Siento mucha curiosidad por saber cómo será el proceso interno de Felipe respecto a la música. ¿Vibrará con la armonía? ¿podrá seguir las líneas melódicas? ¿reconocerá las notas repitiéndose unas tras otras? Hasta el momento lo he notado más divertido que emocionado.
A la hora de dormir seguimos ambientando el fondo sonoro con una versión instrumental de Príncipe Azul (la canción de cuna compuesta por Eduardo Mateo con letra de Horacio Buscaglia) en este caso ejecutada por Gustavo Ripa. Esa canción acompaña a Felipe desde aquellos primeros meses en la panza de su mamá <3
Podría decir entonces que mi primer día del padre terminó con el tarareo de esa canción entre lunas, quesos, ratoncitos y blancas ardillas acompañando a un príncipe en un bosque encantado.
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Quizás esos versos me dicen algo de cómo vive Felipe cuando escucha música. Quizás la música no es para él otra cosa más que fantasía. Quizás todas las actividades de su mundo no son más que fantasía. Quizás la música es fantasía con ritmo: quizás, quizás, quizás.
Y si lo pienso, estos tres meses y medio de padre fueron para mí una especie de fantasía. Porque lo que empezó con amor, siguió con un vientre que se transformó en hotel; y luego con un ser que salió de otro ser y de inmediato lactó la teta de una madre primeriza; y apenas días más tarde el recién nacido se hizo bebé y los pañales se hicieron montaña y así nos dimos cuenta que el mundo no para. Porque ya no hay pausas y el día no se detiene.
Por eso también digo: la fantasía es movimiento.
Sí, creo que no estoy errado. ¿Acaso cuando alguien fantasea lo hace en un mundo estático? No, los unicornios vuelan y las ardillas se ríen mientras Alicia cae por un túnel y un conejo saluda quitándose la galera. Así de inquieta es la fantasía.
En fin, el primer día del padre me llevó a una curiosa reflexión entre música y fantasía.
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Y, en esta pretensión de cierre, también llego a una especie de conclusión. Para mi la música fue y es una conexión espiritual que encontré como padre para alimentar a mi hijo. Así como la teta es la conexión máxima entre el bebé y su mamá; yo encontré en la música el hilo de unión cuerpo-alma entre dos seres. Dos pares cuerpo-alma unidos por algo más que genética. El milagro de la vida.
En esta fantasía, cruelmente condensada en la palabra «paternidad», nos convertimos con Felipe en alquimistas que, cada tarde en el calor del hogar, transformamos la música en leche. Para que la carne sea algo más que carne. Para ser como unicornios aprendiendo a volar.
lunes, 16 de julio de 2018
viernes, 13 de julio de 2018
La ducha quema los pies
Mis pies se quemaron con el agua de la ducha. El agua estaba muy caliente. Tengo treinta y cuatro años y no sé regular la temperatura. Aún no lo aprendí y sospecho que jamás lo haré. Me gustaría saber de experiencias ajenas en semejante tipo de ignorancia. Estoy seguro que no soy el único. Sin embargo no me animo a decir que seamos legión.
Cuando el agua comenzó a quemar intenté pisar poniendo los pies de lado. Levanté la parte interna y, sin pensarlo mucho, dejé que el contorno externo se fuera quemando. Al mismo tiempo fui largando gemidos breves al estilo: ah oh ah ah. Con esa parte de mis pies apoyada sobre el agua hirviendo recorrí gran parte del cuadrado recortado por zócalos de mármol verde que separa la ducha del resto del baño. Ah, no debo olvidar la serie de codazos que dí contra la mampara mientras agitaba los brazos como si fueran alas de un pichón de gavilán abriéndose en un primer vuelo.
Giré el grifo hacia un lado y hacia otro. Pero la temperatura no cambiaba. Fueron segundos que demoraron casi tanto como los años que demoré yo en facultad. ¿Por qué son lentos los años de facultad? Mejor dicho: ¿por qué son tan lentos los días entre lunes y viernes mientras uno tiene que estudiar en facultad? Porque, por más carrera universitaria que estemos cursando, sábado y domingo son siempre cortos. Y mucho más cortos cuando los pasamos en resaca.
Debería haber entrado a la ducha alcoholizado. En ese caso la quemadura no sería ahora mi principal afección psicológica. Simplemente sería una marca más en mi piel. Una entre las miles que me recorren el cuerpo. Quizás si me hubiese bañado en estado de ebriedad ahora me estaría preguntando por qué tengo las plantas de los pies ampolladas. Supondría, quizás, que tuve una noche loca y que mis amigos me invitaron a caminar sobre carbón en alguna especie de sacrificio a los dioses de la madrugada. Y no sería más que eso. Sin embargo ahora me cuestiono la estupidez que se apodera de mi cuando estoy frente al grifo.
Porque ahora tengo ducha con monocomando pero mi ignorancia en cuestiones hidráulicas también se daba cuando eran dos canillas: la derecha para el agua fría y la izquierda, la del corazón, para la caliente. Ahora pienso que esa relación: derecha - fría, izquierda - caliente, tampoco es una relación universal. Ni siquiera sé cuál es la opción mayoritaria. ¿Donde está la democracia cuando se la necesita? Esa es una de las razones que despiertan mi neurosis cuando, estando de viaje, voy parando entre un hostel y otro. A veces la caliente es la derecha, otras la izquierda. Y, si la vida quiere ponerse perra y hacerme sufrir de verdad, aparecen duchas con dos o tres grifos ubicados en ¡sentido vertical!
Sin embargo, a pesar de todas esas peripecias, jamás me había quemado como hoy. Ahora una capa de crema dermatológicamente testeada se interpone entre la piel y las medias. Porque encima hace frío, estamos en invierno, y no puedo andar por la vida descalzo. Y eso sí que es un reclamo a la vida: ya que me quemé varios centímetros de piel podría durarme el calor para no tener que abrigarme los pies. Pero no, a veces la cal no se mezcla con arena y solamente viene cal, y cal y cal y cal. ¡Y ojo que la cal también quema! Cierta mañana en que ayudaba a mi padre con la construcción de un pequeño galpón en el fondo de mi casa, había que utilizar cal para pintar una de las paredes. Cuando él terminó de pintar se me ocurrió utilizar el sobrante de cal para pintarme brazos y cara para imitar a nativos de una tribu africana. Mis padres se dieron cuenta de mi hazaña a la hora y media cuando entre a la casa a los gritos porque la piel me ardía. Terminamos en la emergencia de la mutualista. A los médicos le costó varios minutos comprender la situación.
Ahora parece que la crema dermatológicamente testeada está haciendo efecto. El ardor ya no es el de los primeros minutos. De todas maneras no quiero quitarme las medias para ver si el epitelio, el sagrado epitelio que recubre la carne de mis suaves y sensibles pies, ha comenzado el proceso de recuperación. La verdad es que prefiero la ignorancia. Ojos que no ven, corazón que no siente. ¿No?
jueves, 5 de julio de 2018
La vida es verbo
Aquí vengo a dejar la vida. Total, ya la he dejado en tantos lados. En un supermercado, en una fiesta, en una madrugada mientras esperaba el ómnibus. Eso por nombrar lo que se puede nombrar. También en otros sitios y en otras horas. Y en todos esos casos lo hice sin preguntar. Jamás pregunté si allí podía dejarla. ¿A quién se lo iba a preguntar? A quién o a qué. Así fui aprendiendo sobre la falta de respuestas. Que viene a ser contracara de la dificultad para formular las preguntas correctas. Creo que dejé la vida tratando de pensar las preguntas. Bueno, también la dejé bebiendo, fumando y comiendo. Y ni hablar que he dejado la vida, muchas vidas, cogiendo. Digo cogiendo porque no encontré otro gerundio. Ojo, podría haber dicho amando, masturbando, tocando. Todas valen. A esta altura... No se olviden que he dejado la vida.
Podría haber dicho fornicando. ¡Cuánta fuerza tiene el verbo fornicar! A mi entender es el que hace justicia a esa insensatez tan noble de meter un cuerpo dentro de otro. Y no sólo es penetración. El cuerpo penetra con caricias, palabras y aromas. Nada más animal que meterse dentro de otro nariz mediante. Tu déjame tu perfume, yo hago el resto. Si habré dejado vidas en olfatos ajenos.
Sin embargo, después de todo (y antes que nada), aquí sigo, esperando. Con desconocimiento pleno. Claro en la duda. Cero idea de lo que viene. De lo que pasará. Porque la vida se deja sin ganar experiencia. Contrario a lo que todos dicen. Mi única experiencia es la de experimentar, probar, arrastrarme y sentir. Y ahí queda. No sirve para otra cosa. Desconfíen de todo aquel que intente convencerlos de su utilidad. Dejar la vida es dejarla. A esperar que se enfríe en la noche y se ensucie en el día. Desconfíen también de aquel que llega limpio al ocaso. En el mejor de los casos miente. Y en el peor no habrá vivido.
Dejar la vida es también olvidarla. Y olvidar es de valientes. Porque duele mucho despertarse sin recordar. ¿Dónde estuve? ¿Quién me abrazó? Una vez dejé de recordar los abrazos y desde ese día mi corazón ya no tuvo pecho. Quedó a la intemperie. Latir sin costillas, sin un esternón que apriete y acompañe es como besar la frente a un muerto. Lo hacemos por nosotros, porque no tenemos alternativa pero sabemos que es un beso perdido. Besamos lo que fuimos, como para evitar el olvido. Y nada más.
Ahora me siento cansado. Siento de sentir y de sentarme. He dejado la vida sentado. Esperando. Esperé mientras olvidaba. Nada peor. Si olvidamos lo que esperamos no tenemos manera de saber a ciencia cierta hasta cuando esperar. Es una prisión. Quedamos ahí, mientras el reloj hace tic tac. Si esperar mientras olvidamos es una prisión, entonces el reloj es la máquina de tortura. El dolor más descarnado llega cuando alcanzamos plena consciencia del movimiento de las agujas. Es lo que decía. Las agujas nos penetran la carne. El tiempo nos duele.
Oler, amar, fornicar, olvidar. La vida es verbo. La vida es eso que se deja. Para que alguien más la agarre, la use, la tire. Para que alguien haga algo. Por eso lo digo. Para eso la he dejado.
Podría haber dicho fornicando. ¡Cuánta fuerza tiene el verbo fornicar! A mi entender es el que hace justicia a esa insensatez tan noble de meter un cuerpo dentro de otro. Y no sólo es penetración. El cuerpo penetra con caricias, palabras y aromas. Nada más animal que meterse dentro de otro nariz mediante. Tu déjame tu perfume, yo hago el resto. Si habré dejado vidas en olfatos ajenos.
Sin embargo, después de todo (y antes que nada), aquí sigo, esperando. Con desconocimiento pleno. Claro en la duda. Cero idea de lo que viene. De lo que pasará. Porque la vida se deja sin ganar experiencia. Contrario a lo que todos dicen. Mi única experiencia es la de experimentar, probar, arrastrarme y sentir. Y ahí queda. No sirve para otra cosa. Desconfíen de todo aquel que intente convencerlos de su utilidad. Dejar la vida es dejarla. A esperar que se enfríe en la noche y se ensucie en el día. Desconfíen también de aquel que llega limpio al ocaso. En el mejor de los casos miente. Y en el peor no habrá vivido.
Dejar la vida es también olvidarla. Y olvidar es de valientes. Porque duele mucho despertarse sin recordar. ¿Dónde estuve? ¿Quién me abrazó? Una vez dejé de recordar los abrazos y desde ese día mi corazón ya no tuvo pecho. Quedó a la intemperie. Latir sin costillas, sin un esternón que apriete y acompañe es como besar la frente a un muerto. Lo hacemos por nosotros, porque no tenemos alternativa pero sabemos que es un beso perdido. Besamos lo que fuimos, como para evitar el olvido. Y nada más.
Ahora me siento cansado. Siento de sentir y de sentarme. He dejado la vida sentado. Esperando. Esperé mientras olvidaba. Nada peor. Si olvidamos lo que esperamos no tenemos manera de saber a ciencia cierta hasta cuando esperar. Es una prisión. Quedamos ahí, mientras el reloj hace tic tac. Si esperar mientras olvidamos es una prisión, entonces el reloj es la máquina de tortura. El dolor más descarnado llega cuando alcanzamos plena consciencia del movimiento de las agujas. Es lo que decía. Las agujas nos penetran la carne. El tiempo nos duele.
Oler, amar, fornicar, olvidar. La vida es verbo. La vida es eso que se deja. Para que alguien más la agarre, la use, la tire. Para que alguien haga algo. Por eso lo digo. Para eso la he dejado.
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