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| The tree of life (Terrence Malick, 2011) |
Supongo que con las características poéticas que se le pueden adjudicar, existirán por ahí varios defensores sobre el «enorme» significado que nos deja la película cuando llegan los créditos finales. Y si bien cualquier aficionado o cinéfilo que me lo quiera discutir seguro encontrará mejores argumentos que los míos (no oculto mi enorme ignorancia en este arte —a lo sumo vi treinta y cinco películas en mi vida y ésta es la primera de Malick—) considero que no la tendrá fácil para explicar por qué le resulta tan difícil al espectador involucrarse en tribulaciones de los personajes.
Es verdad que esos planos, con la cámara en movimiento, registrando las aventuras infantiles de los hermanos, intentan acercarnos a la historia. Son planos que nos dejan ese gusto a filmación casera. O sea, por momentos llegamos a estar adentro, somos otro niño más. Sin embargo es una inclusión estrictamente formal. Participamos en la forma de la película pero no así en el tema. Y es que ese tema nunca llega a definirse. ¿De qué va la película? Podrá afirmarse que trata de la vida, bueno, pues bien, entonces la pregunta sería: ¿qué película que se precie de tal no trata sobre la vida?
Podrá responderse que sí, que toda película motivada por alguna intención artística tiene un núcleo con circunstancias que definen la vida de sus personajes. O podrá decirse también que, si se trata de una obra poética, la cuestión está en la creación de nuevos significados. Ese, supongo, será un punto de acuerdo. Ahora, si la respuesta defiende a EL ÁRBOL DE LA VIDA por ese aire de cargar con un significado total, debería fundamentarse con mayor claridad cuál es ese significado. Porque el sabor final que me dejó es el de una película que no colma sus propias pretensiones. No sé si buscaba acercarse a una teoría de la evolución o a un tratado sobre la familia moderna o es más bien un documental sobre la soledad. Vaya uno a saber.
En cuanto a poesía, confieso que las representaciones no trascienden su propio plano. Quiero decir, los árboles que veo en cada escena de árboles no son más que árboles. Quizá sea porque vi la película cerca de la medianoche y tenía mucho sueño pero en ningún momento pude vincular esos árboles con un sentido más profundo. En todo caso me parecían árboles desmesurados para la historia que se estaba contando. Algo así como árboles del Amazonas trasplantados en un jardín de Carrasco.
Por otra parte, reconozcamos que el autoritarismo del señor O'Brien (interpretado por Brad Pitt) genera cierta tensión a fuerza de la buena cantidad de reglas estrictas que aplica en la crianza de sus hijos. Y si eso lo mezclamos con la rebeldía del hijo mayor y lo contrastamos con la bondad de la madre de cabellos rojizos, ganamos entonces algunos momentos de expectativa. Pero no sirven de nada cuando comprobamos que esa expectativa se escapa como agua entre los dedos.
Es como si fuera una película que sirve de introducción a otra película. Digamos, a otra película que nunca llega. Aunque eso no es lo peor pues algunas veces está bueno quedarse con las ganas. Lo reprochable es que, al terminar EL ÁRBOL DE LA VIDA, ya no quedan ganas, sólo queda la decepción lógica de confiarle a alguien la vista y el oído durante un par de horas para que te hablara sin decirte nada.

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