sábado, 28 de enero de 2017

Un cerebro que no aparece

EL CEREBRO DE KENNEDY -
Henning Mankell (Tusquets, 2005)
Para iniciarme en ese género etiquetado como novela negra elegí El cerebro de Kennedy del sueco Henning Mankell. Es que el nombre del autor había resonado con insistencia, sobre todo en 2015, el año de su muerte. Y desde ese año lo tenía anotado en lista de pendientes. Pero creo que le elección del título no fue acertada. Sí, lo digo con cierta pena porque en la edición de Tusquets, con traducción de Carmen Montes Cano, hay que leer trescientas treinta y ocho páginas para llegar al final. 

Y no me resultó un esfuerzo menor. Llegué hasta la última página con la esperanza de encontrar una gema con precio de reventa como para pagar el esfuerzo de semejante recorrido. Pero no. Hablando con metáforas sentí a la novela como un fósforo que ardió durante dos segundos mientras que yo buscaba espantar un frío bajo cero en una intemperie invernal.

En el colofón, Mankell alude a la ira que lo movió a escribir la novela. Y la verdad es que le creo. La ira es un buen punto de partida para explicar lo intrincado del relato. Cada personaje que aparece habla como si estuviese en una cena organizada por alguna autoridad diplomática. Les cuesta muchísimo abandonar el protocolo. Esto le pasa a Louise, protagonista central, y a todos quienes la secundan. Por ejemplo Lucinda, una mesera/prostituta mozambiqueña que (y elijo un pasaje al azar) se expresa así: «Vinimos al café, que, como te digo, acababan de abrir. Recuerdo que lloviznaba y se oían truenos en la distancia. Le dije que tal vez hubiese un corte en el suministro eléctrico si la tormenta se acercaba a la ciudad.» Uf. Me duermo.

Ah, sí, de qué va la novela. Es que recién terminé la lectura y creo que tengo la misma ira que Mankell. Me siento tan defraudado con su novela como él con la industria de los fármacos y la medicina. Reconozco que el error fue mío por no entrar a su universo con alguna novela de la serie Wallander. Y otro error es escribir con ira. Eso va tanto para mí como para Mankell. Me corrijo: la ira sirve para escribir pero después hay que editar el texto mínimo cien veces. Porque en cierto modo, ese sentimiento es similar al efecto deslumbrante de la marihuana, escribís cualquier porquería y te parece maravillosa. Al otro día, sin efecto alguno, la lees y la primera reacción, cual reflejo, es tirar la hoja a la papelera.

Por otra parte, si logramos olvidar a los personajes por un rato (cosa que supongo no será muy difícil de lograr), da la impresión de que hay demasiado tejido adiposo ocultando los músculos de la trama. 

Louise Cantor es una arqueóloga sueca. Trabaja en Grecia. Por equis cuestiones vuelve a Suecia. Decide visitar a su hijo en Estocolmo. Lo encuentra muerto. Ella sospecha que lo asesinaron, por ejemplo una evidencia que alimenta tal sospecha es que murió con el pijama puesto y él siempre dormía desnudo. La autopsia confirma que se suicidó con somníferos. Pero la madre, como toda madre, insiste en conocer las verdaderas causas del fallecimiento. Páginas más adelante ella viajará a Australia para buscar al padre del difunto. Con quien ella había perdido el vínculo. Luego, juntos, viajarán a Barcelona. Por último, ella sola llegará hasta Mozambique. Siempre siguiendo pistas que van apareciendo gracias a testigos o archivos alojados en computadoras personales.

Entonces, eso que digo del tejido adiposo es porque muchas pistas (y dejo la credibilidad de mis palabras a vuestro criterio pues me aburre dar ejemplos ahora) surgen del relato de los testigos. Y éstos, en lugar de liberarlas cuanto antes, esperan sin clara justificación a que Louise viaje entre Europa y África como quien circula entre Brooklyn y Manhattan. 

Sin embargo reconozco que no todas son pálidas. Entre las trescientas y pico de páginas, aparece un párrafo que carga con una descripción muy sabrosa. Claro, no faltarán lectores que digan "ah, pero un párrafo no alcanza para nada" y tal vez les asista la razón pero las cosas como son. Seamos justos. Ahora transcribiré el párrafo para que no pierdan tiempo con el resto de las páginas, es una intervención en medio de un diálogo (pág. 254):
— Sí, no hay mucha gente que los conozca. Siempre imaginamos que los depredadores son animales fuertes. Quizá no siempre de gran tamaño, pero desde luego tampoco tan pequeños como las hormigas. Una noche en que estaba solo con los vigilantes, me despertaron unos gritos en la oscuridad y oí que alguien aporreaba mi puerta. Salí y vi que los vigilantes llevaban antorchas con las que prendían fuego a la hierba. Yo iba descalzo y, de inmediato, sentí un dolor agudo en los pies. No tenía ni idea de a qué se debía. Los vigilantes gritaban que eran hormigas, ejércitos enteros de hormigas cazadoras en marcha. Devoran todo aquello que encuentran a su paso y no se las puede combatir. Pero si se prende fuego a la hierba, se las puede obligar a cambiar el rumbo de su marcha. Me puse las botas, fui a buscar la linterna y pude ver cómo pasaban ante mí aquellas pequeñas hormigas iracundas en formaciones perfectas. De repente se oyó desde el gallinero un cloqueo sobrecogedor. Los vigilantes intentaban agarrar a las gallinas para sacarlas de allí, pero ya era demasiado tarde, todo fue demasiado rápido. Las gallinas se defendían comiéndose a las hormigas, pero éstas, que seguían vivas, les devoraban las entrañas. Ni una sola gallina sobrevivió al ataque. Correteaban por todas partes, enloquecidas por el dolor que les causaban las hormigas al devorarlas por dentro. He pensado a menudo sobre ello. Las hormigas se defendían pese a que, así, se aseguraban su propia y tortuosa muerte.
Otra sospecha que tiene lugar en estos comentarios, refiere a la traducción. Quizá la traducción desde el sueco al castellano sea de una complejidad enorme. Probablemente esa sea una de las causas que lleven a todos los personajes a manejarse en un mismo tono expresivo. Sí, estoy acusando a la traductora por llevar a la agonía a los personajes. Por eso quedan abiertos los comentarios para deslindar responsabilidades.

Y el editor tampoco zafa. Fundamentalmente cuando aparecen los pensamientos o sueños de Louise claramente señalados en itálica. Cada vez que eso ocurre, el autor siente plena libertad para explayarse en sendas explicaciones. Ahora Louis está triste. Es que Louis reacciona así porque está triste. Louis rompió la vajilla del restaurant porque el sonido ambiente la irrita. Bueno, basta. No me explique más nada, señor. Ya entendí.

Así que, en síntesis, pues creo no haber sido claro: para iniciarse en el mundo mankelliano no lean El cerebro de Kennedy, o directamente no lo lean sea cual sea la circunstancia. De hecho el bendito cerebro no es más que una motivación accesoria a los sucesos que verdaderamente mueven la acción del libro.






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