viernes, 27 de enero de 2017

Whisky, lanzallamas y paranoia

THE THING (John Carpenter, 1982)
Si quisiera resumir todas las virtudes de The Thing en una sola línea, bastaría con decir que la música es de Ennio Morricone. 

Sin embargo podemos ir un poco más allá y mencionar la limpieza de la fotografía que, a nivel visual, funciona como contraste perfecto ante la asquerosa y húmeda textura de la cosa. O, continuando con cuestiones de forma y quizá sin ir tanto allá, no estaría mal celebrar los dos minutos de créditos iniciales donde, exagerando un poco, se nos cuenta casi cuarta parte de película.

Otra cuarta parte, por ponernos matemáticos, se condensa en la vanguardia de los efectos especiales. Particularmente me cagué todito cuando, avanzada la historia, MacReady hundió el cable de bronce caliente en un recipiente con sangre y el líquido saltó en todas direcciones dejando en evidencia que se trataba de células contaminadas. Y convengamos que hablamos de un detalle.

Siguiendo con las fracciones, podemos adjudicar una octava parte al responsable de vestuario. 
Le bastó con vestir a una docena de personajes para marcar tendencia y adelantarse varias décadas para crear lo que en la era posmoderna se llamaría la moda lumbersexual

Ahora, si me perdonan, voy a dejar de dividir y asignar partes de película porque pareciese que estamos compartiendo un cartón de LSD. Además estoy cansado y quiero terminar este post antes de la medianoche. No obstante, es de orden señalar otra particularidad formal: estamos ante una película que prescindió de la figura femenina. Si cometemos la torpeza de acceder a Wikipedia en español y buscamos la ficha de The Thing, leeremos en la sección «reparto» que «Adrienne Barbeau, ex esposa de Carpenter, es la única mujer en el elenco de la película, interpretando la voz de un ordenador de ajedrez». Evidentemente no calificaré esta decisión como virtud pues, con todo el trabajo que me cuesta mantener el blog actualizado, no disfrutaría de una probable censura a pedido del movimiento feminista mundial.

Dicho esto pasaré a recordar la trama. Estamos en la Antártida. Los miembros de la base científica estadounidense descubren la presencia de una extraña forma de vida que tiempo antes había sido descubierta por los integrantes de la base noruega. Cuestión que todos los noruegos murieron. Ante ese panorama, la base americana se convierte en algo parecido al último bastión de la especie humana. Si se salvan los doce, se salva el mundo. 

El científico de la base descubre que la cosa esa que los amenaza tiene la particular capacidad de imitar las características corporales de todas sus víctimas. Es decir, con absoluta eficacia toma la forma de un perro o la idéntica configuración celular de un hombre. En el próximo ataque, tal vez la cosa se ensañe con el propio científico, lo engulla y minutos más tarde lo replique para utilizarlo como anzuelo y continuar así su avance aniquilador.

Uno de estos hombres es el piloto R.J. MacReady (interpretado por un bello y joven Kurt Russell). Lo primero que sabemos de él es que chupa whisky J&B y juega ajedrez contra la computadora. ¿Qué podemos suponer? ¿Que por ser un tipo inteligente descubrió en el alcohol el remedio para soportar los avatares de una vida signada por la soledad y el encierro? También. Pero lo más importante, entiendo, es que esas pistas de alcohol y razonamiento son las que lo marcan como el más humano del grupo. Y que, por tratarse de una historia sobre el fin de los días para nuestra especie, él es el indicado para asumir como líder. 

Asignado el papel más importante, el resto de los integrantes se especializan en su disciplina habitual, así encontramos un médico, policía, cocinero, no podía faltar el timbero, el mecánico y un etcétera donde todos, de alguna forma u otra actúan con roles claros.

Me resultó inevitable asociar las circunstancias apocalípticas de The Thing con esas dinámicas grupales aplicadas en las pruebas psicolaborales donde analizan el comportamiento en situaciones extremas. Con tal asociación me distraje un poco. Imaginé preguntas del estilo «¿matarías a uno de tu equipo porque sospechas que tiene un virus ultra contagioso? o ¿recurrirías a un lanzallamas para luchar contra una entidad extraterrestre y evitar así la extinción de la raza humana?». ¿Tanta cosa para atender llamadas por teléfono?

En fin, estamos ante una película que estira la paranoia al extremo. En un territorio inhóspito, ni siquiera podemos confiar en nuestros compañeros de cuarto. O sea que también el tema es la soledad. Mejor dicho, es la soledad en compañía, que viene a ser el peor tipo de soledad que un hombre pueda conocer.

Y no tengo mucho más que decir. Ah, sí, la música: confieso que arranqué el post con referencia a Morricone porque me parece que es un apellido con suficientes méritos para seducir e invitar a la lectura. Sin embargo esta vez no me deslumbró (excepto en los créditos finales, donde sí creo que está el punto sonoro más alto).

Aquí me quedo, vuelvan a Mac Ready. Sirvan J&B. Enciendan el lanzallamas.

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