domingo, 29 de enero de 2017

Sobre el proyecto Moneditas

Moneditas es una colección de fotografías macro tomadas a más de cien monedas de todo el mundo. Obviamente, al tratarse de sujetos con dos caras, la colección superará las doscientas fotografías.

La principal motivación para concretar el proyecto radica en superar las dificultades propias de este género fotográfico. Al trabajar con sujetos de un tamaño tan reducido, cada detalle se vuelve decisivo. Por eso cualquier movimiento al disparar o una variación milimétrica en la distancia entre el objetivo y la moneda arruinan la toma. Evidentemente estos riesgos pueden eliminarse, o al menos reducirse, ubicando la cámara en un trípode con cabezal que gire en 360° y disparador inalámbrico, sin embargo, un proceso tan mecanizado, no me despierta interés alguno.

Al ver los primeros resultados, comprobé la complejidad de este trabajo. En algunos casos no logré eliminar el desenfoque o, lo que es lo mismo, no llegué a enfocar todo el cuerpo de la moneda. En lugar de continuar disparando hasta llegar a un resultado óptimo, preferí dejar las fallas en evidencia. Creo que así serán más valoradas aquellas fotografías con enfoque exacto.

El equipo y los materiales utilizados fueron:
  • cámara Canon 6D
  • objetivo Tamron 90mm (F 2.8)
  • lampara fluorescente
  • papel canson
  • pinza para ubicar las monedas (esto puede hacerse a mano :P)
Por la homogeneidad de las fotos y por tratarse de una colección finita, opté por subir las fotos a Instagram. La galería se actualizará semanalmente.





sábado, 28 de enero de 2017

Una chance a Illya Kuryaki

No tengo idea de lo que hace Illya Kuryaki and the Valderramas. Sí, supongo que escuché sus hits de la época en que tenía cable en casa y ponía MTV mientras me metía en la ducha. Pero nunca los elegí deliberadamente. En todo caso fue azar.

Quizás ese mismo azar, por alguna razón más o menos oscura, fue ahora el responsable de agregarlos a mi cuenta de Spotify.

Cuestión que hace días llegué al disco Chances (lanzado en 2012) y desde ese momento me fue imposible sacarle el repeat.

No tengo mucho más para contar que la alegría que me reporta el disco mientras suena. Me seduce el contraste entre el tono livianito, tirando a bobón, de las voces con el contenido de las letras, que decodifico como un llamado a la revolución. Quizá no una revolución con armas pero sí una orientada hacia la innovación estética.

En ese remolino de búsqueda me llama la atención el trabajo para la instrumentación y los arreglos. Tal vez cuando los dejamos sonar como música de fondo no les prestamos el oído suficiente para valorar la riqueza de sonidos que mezclan en cada tema. Es probable que sea ése el cambio fundamental en mi actitud hacia IKV. Ahora sí puedo decir que los escucho (al menos en Chances).

Así que tomen este post como una recomendación. Si no quieren escucharlo en el orden del disco, pueden empezar por Águila Amarilla. Ese es mi track preferido con un rapeo contagioso como para cantarlo durante todo enero.






Un cerebro que no aparece

EL CEREBRO DE KENNEDY -
Henning Mankell (Tusquets, 2005)
Para iniciarme en ese género etiquetado como novela negra elegí El cerebro de Kennedy del sueco Henning Mankell. Es que el nombre del autor había resonado con insistencia, sobre todo en 2015, el año de su muerte. Y desde ese año lo tenía anotado en lista de pendientes. Pero creo que le elección del título no fue acertada. Sí, lo digo con cierta pena porque en la edición de Tusquets, con traducción de Carmen Montes Cano, hay que leer trescientas treinta y ocho páginas para llegar al final. 

Y no me resultó un esfuerzo menor. Llegué hasta la última página con la esperanza de encontrar una gema con precio de reventa como para pagar el esfuerzo de semejante recorrido. Pero no. Hablando con metáforas sentí a la novela como un fósforo que ardió durante dos segundos mientras que yo buscaba espantar un frío bajo cero en una intemperie invernal.

En el colofón, Mankell alude a la ira que lo movió a escribir la novela. Y la verdad es que le creo. La ira es un buen punto de partida para explicar lo intrincado del relato. Cada personaje que aparece habla como si estuviese en una cena organizada por alguna autoridad diplomática. Les cuesta muchísimo abandonar el protocolo. Esto le pasa a Louise, protagonista central, y a todos quienes la secundan. Por ejemplo Lucinda, una mesera/prostituta mozambiqueña que (y elijo un pasaje al azar) se expresa así: «Vinimos al café, que, como te digo, acababan de abrir. Recuerdo que lloviznaba y se oían truenos en la distancia. Le dije que tal vez hubiese un corte en el suministro eléctrico si la tormenta se acercaba a la ciudad.» Uf. Me duermo.

Ah, sí, de qué va la novela. Es que recién terminé la lectura y creo que tengo la misma ira que Mankell. Me siento tan defraudado con su novela como él con la industria de los fármacos y la medicina. Reconozco que el error fue mío por no entrar a su universo con alguna novela de la serie Wallander. Y otro error es escribir con ira. Eso va tanto para mí como para Mankell. Me corrijo: la ira sirve para escribir pero después hay que editar el texto mínimo cien veces. Porque en cierto modo, ese sentimiento es similar al efecto deslumbrante de la marihuana, escribís cualquier porquería y te parece maravillosa. Al otro día, sin efecto alguno, la lees y la primera reacción, cual reflejo, es tirar la hoja a la papelera.

Por otra parte, si logramos olvidar a los personajes por un rato (cosa que supongo no será muy difícil de lograr), da la impresión de que hay demasiado tejido adiposo ocultando los músculos de la trama. 

Louise Cantor es una arqueóloga sueca. Trabaja en Grecia. Por equis cuestiones vuelve a Suecia. Decide visitar a su hijo en Estocolmo. Lo encuentra muerto. Ella sospecha que lo asesinaron, por ejemplo una evidencia que alimenta tal sospecha es que murió con el pijama puesto y él siempre dormía desnudo. La autopsia confirma que se suicidó con somníferos. Pero la madre, como toda madre, insiste en conocer las verdaderas causas del fallecimiento. Páginas más adelante ella viajará a Australia para buscar al padre del difunto. Con quien ella había perdido el vínculo. Luego, juntos, viajarán a Barcelona. Por último, ella sola llegará hasta Mozambique. Siempre siguiendo pistas que van apareciendo gracias a testigos o archivos alojados en computadoras personales.

Entonces, eso que digo del tejido adiposo es porque muchas pistas (y dejo la credibilidad de mis palabras a vuestro criterio pues me aburre dar ejemplos ahora) surgen del relato de los testigos. Y éstos, en lugar de liberarlas cuanto antes, esperan sin clara justificación a que Louise viaje entre Europa y África como quien circula entre Brooklyn y Manhattan. 

Sin embargo reconozco que no todas son pálidas. Entre las trescientas y pico de páginas, aparece un párrafo que carga con una descripción muy sabrosa. Claro, no faltarán lectores que digan "ah, pero un párrafo no alcanza para nada" y tal vez les asista la razón pero las cosas como son. Seamos justos. Ahora transcribiré el párrafo para que no pierdan tiempo con el resto de las páginas, es una intervención en medio de un diálogo (pág. 254):
— Sí, no hay mucha gente que los conozca. Siempre imaginamos que los depredadores son animales fuertes. Quizá no siempre de gran tamaño, pero desde luego tampoco tan pequeños como las hormigas. Una noche en que estaba solo con los vigilantes, me despertaron unos gritos en la oscuridad y oí que alguien aporreaba mi puerta. Salí y vi que los vigilantes llevaban antorchas con las que prendían fuego a la hierba. Yo iba descalzo y, de inmediato, sentí un dolor agudo en los pies. No tenía ni idea de a qué se debía. Los vigilantes gritaban que eran hormigas, ejércitos enteros de hormigas cazadoras en marcha. Devoran todo aquello que encuentran a su paso y no se las puede combatir. Pero si se prende fuego a la hierba, se las puede obligar a cambiar el rumbo de su marcha. Me puse las botas, fui a buscar la linterna y pude ver cómo pasaban ante mí aquellas pequeñas hormigas iracundas en formaciones perfectas. De repente se oyó desde el gallinero un cloqueo sobrecogedor. Los vigilantes intentaban agarrar a las gallinas para sacarlas de allí, pero ya era demasiado tarde, todo fue demasiado rápido. Las gallinas se defendían comiéndose a las hormigas, pero éstas, que seguían vivas, les devoraban las entrañas. Ni una sola gallina sobrevivió al ataque. Correteaban por todas partes, enloquecidas por el dolor que les causaban las hormigas al devorarlas por dentro. He pensado a menudo sobre ello. Las hormigas se defendían pese a que, así, se aseguraban su propia y tortuosa muerte.
Otra sospecha que tiene lugar en estos comentarios, refiere a la traducción. Quizá la traducción desde el sueco al castellano sea de una complejidad enorme. Probablemente esa sea una de las causas que lleven a todos los personajes a manejarse en un mismo tono expresivo. Sí, estoy acusando a la traductora por llevar a la agonía a los personajes. Por eso quedan abiertos los comentarios para deslindar responsabilidades.

Y el editor tampoco zafa. Fundamentalmente cuando aparecen los pensamientos o sueños de Louise claramente señalados en itálica. Cada vez que eso ocurre, el autor siente plena libertad para explayarse en sendas explicaciones. Ahora Louis está triste. Es que Louis reacciona así porque está triste. Louis rompió la vajilla del restaurant porque el sonido ambiente la irrita. Bueno, basta. No me explique más nada, señor. Ya entendí.

Así que, en síntesis, pues creo no haber sido claro: para iniciarse en el mundo mankelliano no lean El cerebro de Kennedy, o directamente no lo lean sea cual sea la circunstancia. De hecho el bendito cerebro no es más que una motivación accesoria a los sucesos que verdaderamente mueven la acción del libro.






viernes, 27 de enero de 2017

Whisky, lanzallamas y paranoia

THE THING (John Carpenter, 1982)
Si quisiera resumir todas las virtudes de The Thing en una sola línea, bastaría con decir que la música es de Ennio Morricone. 

Sin embargo podemos ir un poco más allá y mencionar la limpieza de la fotografía que, a nivel visual, funciona como contraste perfecto ante la asquerosa y húmeda textura de la cosa. O, continuando con cuestiones de forma y quizá sin ir tanto allá, no estaría mal celebrar los dos minutos de créditos iniciales donde, exagerando un poco, se nos cuenta casi cuarta parte de película.

Otra cuarta parte, por ponernos matemáticos, se condensa en la vanguardia de los efectos especiales. Particularmente me cagué todito cuando, avanzada la historia, MacReady hundió el cable de bronce caliente en un recipiente con sangre y el líquido saltó en todas direcciones dejando en evidencia que se trataba de células contaminadas. Y convengamos que hablamos de un detalle.

Siguiendo con las fracciones, podemos adjudicar una octava parte al responsable de vestuario. 
Le bastó con vestir a una docena de personajes para marcar tendencia y adelantarse varias décadas para crear lo que en la era posmoderna se llamaría la moda lumbersexual

Ahora, si me perdonan, voy a dejar de dividir y asignar partes de película porque pareciese que estamos compartiendo un cartón de LSD. Además estoy cansado y quiero terminar este post antes de la medianoche. No obstante, es de orden señalar otra particularidad formal: estamos ante una película que prescindió de la figura femenina. Si cometemos la torpeza de acceder a Wikipedia en español y buscamos la ficha de The Thing, leeremos en la sección «reparto» que «Adrienne Barbeau, ex esposa de Carpenter, es la única mujer en el elenco de la película, interpretando la voz de un ordenador de ajedrez». Evidentemente no calificaré esta decisión como virtud pues, con todo el trabajo que me cuesta mantener el blog actualizado, no disfrutaría de una probable censura a pedido del movimiento feminista mundial.

Dicho esto pasaré a recordar la trama. Estamos en la Antártida. Los miembros de la base científica estadounidense descubren la presencia de una extraña forma de vida que tiempo antes había sido descubierta por los integrantes de la base noruega. Cuestión que todos los noruegos murieron. Ante ese panorama, la base americana se convierte en algo parecido al último bastión de la especie humana. Si se salvan los doce, se salva el mundo. 

El científico de la base descubre que la cosa esa que los amenaza tiene la particular capacidad de imitar las características corporales de todas sus víctimas. Es decir, con absoluta eficacia toma la forma de un perro o la idéntica configuración celular de un hombre. En el próximo ataque, tal vez la cosa se ensañe con el propio científico, lo engulla y minutos más tarde lo replique para utilizarlo como anzuelo y continuar así su avance aniquilador.

Uno de estos hombres es el piloto R.J. MacReady (interpretado por un bello y joven Kurt Russell). Lo primero que sabemos de él es que chupa whisky J&B y juega ajedrez contra la computadora. ¿Qué podemos suponer? ¿Que por ser un tipo inteligente descubrió en el alcohol el remedio para soportar los avatares de una vida signada por la soledad y el encierro? También. Pero lo más importante, entiendo, es que esas pistas de alcohol y razonamiento son las que lo marcan como el más humano del grupo. Y que, por tratarse de una historia sobre el fin de los días para nuestra especie, él es el indicado para asumir como líder. 

Asignado el papel más importante, el resto de los integrantes se especializan en su disciplina habitual, así encontramos un médico, policía, cocinero, no podía faltar el timbero, el mecánico y un etcétera donde todos, de alguna forma u otra actúan con roles claros.

Me resultó inevitable asociar las circunstancias apocalípticas de The Thing con esas dinámicas grupales aplicadas en las pruebas psicolaborales donde analizan el comportamiento en situaciones extremas. Con tal asociación me distraje un poco. Imaginé preguntas del estilo «¿matarías a uno de tu equipo porque sospechas que tiene un virus ultra contagioso? o ¿recurrirías a un lanzallamas para luchar contra una entidad extraterrestre y evitar así la extinción de la raza humana?». ¿Tanta cosa para atender llamadas por teléfono?

En fin, estamos ante una película que estira la paranoia al extremo. En un territorio inhóspito, ni siquiera podemos confiar en nuestros compañeros de cuarto. O sea que también el tema es la soledad. Mejor dicho, es la soledad en compañía, que viene a ser el peor tipo de soledad que un hombre pueda conocer.

Y no tengo mucho más que decir. Ah, sí, la música: confieso que arranqué el post con referencia a Morricone porque me parece que es un apellido con suficientes méritos para seducir e invitar a la lectura. Sin embargo esta vez no me deslumbró (excepto en los créditos finales, donde sí creo que está el punto sonoro más alto).

Aquí me quedo, vuelvan a Mac Ready. Sirvan J&B. Enciendan el lanzallamas.

lunes, 23 de enero de 2017

Apuntes sobre una historia violenta

A HISTORY OF VIOLENCE - David Cronenberg (2005)
Tom Stall vive en una pequeña ciudad (o en un gran pueblo) del estado de Indiana. Es dueño de un modesto restaurante donde, junto a una castaña camarera y un simpático cocinero, se encargan de preparar bocadillos y servir café negro. Tom también es padre de familia y esposo de una hermosa madre con cuerpo de porrista que trabaja de notaria. Así se presenta esta película estrenada en 2005 que llegó a mi pantalla casi doce años después.
En realidad, no es tan así pues la película comienza con la conversación que mantienen dos hombres en un coche estacionado. Ese es el punto de partida: dos hombres, un descapotable y la escena de un crimen. Ah, sí, la charla banal entre estos dos sujetos se condimenta con sangre. Uno de ellos, en busca de agua, entra a la oficina de la que había salido el otro y encuentra a un par de muertos con los respectivos charcos de líquido rojo. Y para no dejar la historia a medias, la escena inicial se cierra con una puerta que se abre. En la puerta aparece una niña balbuceando los sonidos del horror. El hombre que buscaba agua le apunta con su revólver. Aprieta el gatillo. El caño se ilumina. Fuego.
Con estos personajes ya se encendió el motor de la historia que, como el título bien dice, es una historia de violencia. Aunque quizá la traducción más apropiada sea Una historia violenta. En fin, qué más da.
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Tenemos entonces un puñado de personajes que, en principio, están muy cerca de convertirse en estereotipos y, en consecuencia, de invitarnos a noventa y seis minutos de aburrimiento sin más pero… ¡momento! El mecánico que lubrica este motor es ese flaco canoso de nombre David y de apellido Cronenberg. El mismo mecánico que aceleró los autos en Crash para trabajar con las parafilias de piernas ortopédicas escritas por Ballard. Y el mismo director que alcanzó el nivel imaginativo necesario para desnudar el almuerzo de la novela escrita por William Burroughs donde los insectos infestan los lisérgicos rincones de la mente del protagonista.
Esa es, a juicio  de este comentarista, una virtud que resalta en el talento del director pues convierte la tierra trillada en un paisaje fértil para sembrar dudas que alteran y perturban el sentido. Y, por si esto fuera poco, con algunas escenas, logra tensionar los músculos a tal punto de tentar al espectador a poner pausa, respirar profundo y mover la cabeza de un lado a otro para relajar las cervicales.
Un ejemplo de esto, sin contar la escena inicial de la niña en la puerta, es cuando uno de los asesinos forcejea con la camarera y la doblega mientras el otro ordena darle muerte. Más adelante aparecerán otras escenas que bien podrían servir de manual para noveles cineastas en cuanto a dosificar tensiones en un largometraje pero que, a efectos de evitar spoilers, ahora pasaremos por alto.
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Sigamos. Cuando el asesino se prepara para sentenciar la vida de la camarera, el hasta entonces tranquilo Tom Stall (protagonizado por Viggo Mortensen) en un movimiento digno de mercenario ruso, abandonando o no su cara de póker,  salta al otro lado del mostrador y hace justicia con revólver y balas ajenas. No recuerdo exactamente cuánto tiempo le lleva balear a los matones pero arriesgo: ¿cinco segundo nada más? ¿les parte el pecho y la cara en el mismo tiempo que le lleva completar un pocillo de café? Estoy seguro que cuando la película se estrenó en Madrid, algún espectador de cejas gruesas y tupidas exclamó: «¡joder! ¡pero quién coño es este tío!»
Y esa es una pregunta que apunta directamente a la curiosidad. Es decir, es una pregunta que se convierte en gancho y nos lleva a pedir más. Más datos, más acción, en fin, ¡más película pues!
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Luego de semejante acto heroico, donde no sólo salvó la vida de sus compañeros de trabajo sino que ajustició a criminales que ni siquiera el largo brazo de la ley podía alcanzar, los medios pasaron a darle masa. Aún sin su consentimiento, su rostro apareció en la televisión y en la portada de todos los diarios. Como era de esperar, el héroe alcanzó sus merecidos minutos de fama.
En esas circunstancias, la familia —sobre todo la bonita rubia que tiene como esposa— se convirtió en su sostén y, a la vez, en principal razón para despertar su lado protector. Esa faceta gana relevancia en el personaje y le oscurece su presente de padre dulce y tranquilo.
Sin embargo, así como la fama lo ubicó en un pedestal de admiración, también le pagó con un billete que él se negó a aceptar.
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¿Pero quién insistía en darle ese billete? Y la respuesta es… ¡el mismísimo Ed Harris! Hizo su aparición estelar bajando de un coche con vidrios negros, vistiendo traje negro y ocultando su rostro desfigurado tras sus lentes negros. Se sentó en la barra y con aire de sicario empezó a llamar a nuestro héroe Tom por otro nombre. Sí, efectivamente, en lugar de llamarlo Tom, lo llamaba Joey. Joey esto, Joey lo otro.
Claro está que Tom —¿o era Joey?— negaba rotundamente llamarse así. Entonces las sospechas: ¿quién carajo es nuestro héroe? ¿qué esconde detrás de ese tono de voz apagado?
Podemos decir que ahora la película, como una represa rebosante de agua dulce, ya no podrá contener todo el caudal que se ha acumulado y sólo se detendrá cuando, por fin, aparezca la verdad.
Una verdad que, en términos superficiales, se moverá en torno a la verdadera identidad de Tom Stall (y eso ya es motivo suficiente para darle play a la película). Pero, para nuestra fortuna, Cronenberg no nos trajo hasta aquí simplemente para trazar el recorrido de su personaje. Hay algo más, que se me antoja más profundo y encerrado no tanto en nuestra sicología sino más bien en nuestra especie.
Al escarbar en el pasado de Tom y al seguir de cerca los acontecimientos que lo llevan a él mismo a conducir su vehículo por horas y horas para develar el misterio, caemos en otra cuestión que podría formularse de la siguiente manera: ¿podrá Tom escapar del pasado? O dicho de otro modo: ¿puede un hombre hacer borrón y cuenta nueva? ¿quién está dispuesto a pagar el precio de esa factura?
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Ahora sí está pronta la cena. Pero para saborear el banquete no podemos ser cobardes. Sin vergüenza alguna tenemos que decir que sí, que llegamos hasta ahí porque teníamos hambre.