martes, 21 de marzo de 2017

Las escrituras del tercer tío

Sí, yo me imaginé que no sabías nada. Viste que si yo no ando atrás de eso, nadie más lo hace. Pero es así como te digo. El tercer tío (el tío Esquizofrenia) volvió a la quinta. Setenta y dos días estuvo internado. Ahora está más tranquilo con el tema de las lombrices. Ya no las ve entre las sábanas ni cuando abre el grifo en la pileta de la cocina. Por suerte, sí. Obviamente sus hermanos, los otros dos tíos, igual no le toman confianza. No le dan espacio, viste. Lo tienen cortito.
Por un lado tienen miedo que Esquizofrenia prenda fuego las sábanas (como el día antes de la internación) o que rompa el mármol de la mesada a marronazos (como en navidad). Yo los entiendo. Aparte ellos se lo bancaron toda la vida. Por más que él sea su hermano, si nos ponemos legales, ellos no tenían obligación. Que le pregunten a cualquier abogado.
Y mirá que ataques de locura, así como situaciones extremas que ameritaran atarlo a una camilla fueron pocas, sólo tres o cuatro. Recuerdo el incidente cuando lo dejó Marta, la hija del gringo. Después cuando armó el escándalo en la cancha de bochas y la otra de no olvidar es cuando salió corriendo a los Testigos de Jehová por la Avenida Garzón, desnudo y con una gallina agarrada del cogote. Ahhh sí, sí, tenés razón, cuando secuestró al juez del clásico también es memorable. ¿Quién lo ayudó a entrar al estadio? Si no fuera por el registro de la televisión jamás hubiese creído que se hizo pasar por él. Dos penales para Nacional cobró. Jaja. Sí, sí, con el secuestro se le fue la mano pero con el diario del lunes, sin heridos ni nada, me parece una anécdota muy divertida.
Menos mal que Marta lo dejó. Era una drogadicta. Con mis propios ojos la vi machacar Tizafen con Novemina para luego jalar el polvo. Cuando no tenía plata para la merca perdía la cabeza, la vergüenza, todo. Si Esquizofrenia agarraba para la droga hoy estaría entre los santos. Falopera desgraciada. Sin embargo creo que él la sigue extrañando, ¿sabías?
Sí, los hermanos ahora lo sientan en una mecedora frente a la ventana y lo dejan ahí. Se levanta sólo para ir al baño, después del almuerzo, que recorre la casa para bajar la comida, y cuando se va a dormir. El resto del tiempo se queda mirando las vacas, las gallinas, y a los que pasan para ir al quilombo.
Ayer, cuando volvía de la quinta, me quedé pensando en eso. ¿Y si lo llevaran al quilombo? Tal vez una atención al cuerpo le ayude a limpiar la cabeza. Yo que sé, de jovencito y hasta que estuvo con Marta, físicamente se le veía radiante. Ta, sí, cuando se atacaba terminaba descompensado, era una lástima verlo. Ahora cuando lo medican también, le queda colgando un hilo de baba desde las comisuras. Ni cuenta se da. Los dos hermanos ya ni cuidado le prestan a eso. Sí, te repito: están agotados y anímicamente fulminados.
Me lo dijeron bien clarito: en el psiquiátrico le hicieron alguna terapia de cambio de cerebro. Le dieron un electrochoque o algo así que te deja las neuronas como un coliflor hervido. Horrible el olor a coliflor mientras hierve, sí. Por eso entiendo lo que quieren decir con la comparación.
Es que ahora los hermanos no sólo desconfían de que sufra otro ataque. También sospechan que lo hayan convertido en un espía. Lo mismo me pregunto yo ¿un espía para quién? ¿a quién le puede servir de espía semejante pedazo de piltrafa humana? Cuestión que Esquizofrenia siempre fue un enigma, así que por ese lado también entiendo a los hermanos.
Supuestamente en esas recorridas que hace después del almuerzo lo encontraron revolviendo el escritorio. Al otro día lo mismo. Dicen que puede ser Mario Lobos, el psiquiatra que lo atendió. Ese siempre quiso quedarse con la quinta. Ahora con esta jugada mental que le hizo a Esquizofrenia capaz aprovechó a configurarlo como si fuera una computadora. Si bien es muy aventurado, y hasta demencial, pensar en que le programaron la mente, hay que reconocer la imposibilidad de demostrar lo contrario.
¿Qué tal si un día Esquizofrenia se presenta a la consulta psiquiátrica con todas las escrituras de la quinta? Seguro el psiquiatra conoce a un escribano y ahí ya está. Ponele que coimean a un funcionario del Registro, firman seis o siete papeles y listo el pollo. Ponerle mostaza y pasar al postre. Te lo digo porque trabajé ahí hasta que me jubilé. Dirección General de Registros, Registro de la Propiedad, Sección Inmobiliaria. Si habré visto triquiñuelas ahí. ¿Nunca te preguntaste por qué la industria notarial es tan fuerte en este país? En el 97 llegamos a ser el país con la mayor cantidad de poderes de administración y disposición patrimonial per cápita de Latinoamérica. Las familias acá no dan tregua. Llegas a contar que viste una estrella fugaz, que hablaste con una langosta o que tu vecino se tira pedos de colores y ya te declaran incapaz, te hacen firmar un poder general y te dan un beso en la frente. Si les das changüí algunos incluso sacan un pañuelito blanco y lo agitan como si te despacharan en un transatlántico. Nos vemos en París, te dicen. Y claro, ellos sí se van a París, pero vos te quedás acá, sin un peso partido al medio. Con suerte comés salteado. Si ligas mal conformate con el hall de algún edificio abandonado.
No sé qué decirte. Siento lástima por Esquizofrenia pero al mismo tiempo entiendo a los hermanos.
Mirá, para serte honesta, porque para eso te llamé, yo también desconfío de Esquizofrenia. No sé, es algo en la mirada. Acordate que antes los ojos eran transparentes, verdes, sí, pero tirando a un azulcito. Como el agua de una cañada de montaña, viste. Era de esas personas que muestran el alma a través de las pupilas, no sé si me explico. En cambio ahora es distinto.
Para empezar que volvió con los ojos regados en sangre. Vaya uno a saber si fue por la medicación o qué cosa. Derrames por doquier tiene. De a poco se le están yendo. Así que de la mirada transparente olvidate. Y el cuerpo está todito hinchado. A cualquiera que lo haya conocido de mozuelo se lo muestran ahora y no lo reconocen. Tiene una panza como de nueve meses. Además larga olor, es un olor rancio, como una mezcla de alcohol etílico con papa podrida.
No, no está para morirse no. Al menos en los papeles que mandaron del psiquiátrico no dice nada de eso. ¿Pero para qué anda revisando los cajones? Explicame. Si apenas puede estar parado.
Otra cosa, cuando habla, bueno, cuando balbucea, lo único que se le entiende es «¿Y qué vamos a hacer con el rancho? hay que vender el rancho, tenemos que vender el rancho».
Pobres hermanos, encima de todo lo que lo cuidaron ahora éste otro con esa idea en la cabeza. Y para peor que seguramente todo esto es una estrategia de Mario Lobos. ¿Qué esperar del chancho más que una patada? Por favor, electrocutarle la cabeza a un esquizofrénico por unas escrituras. ¡Qué falta de escrúpulos!
Así que ya te digo, si los dos hermanos intentan que parezca eutanasia no seré yo quien ponga palos en la rueda. No, no, escuchame, ayudarles con la inyección no, si veo una aguja y me desmayo… lo más frágil soy para esas cuestiones. Yo de cómplice no sirvo ni para jugar al Mafia… No es que les vaya a aplaudir si los veo comprando morfina, lo que te quiero decir, Luisa, es que voy a mirar para otro lado.


*Inspirado en la canción Third Uncle de Brian Eno y Brian Turrington
** Esto intentó ser un ejercicio narrativo sobre el regreso de un personaje.

martes, 7 de marzo de 2017

El día libre de Carla

Sos la blonda cajera que acepta mis billetes de mil pesos, sean para los alfajores bañados en chocolate o para los perifares que consumo en invierno; o en las noches donde llevo whisky, pastillas para mosquitos y cubitos de hielo; o leche descremada, dogui jamón y whiskas de queso. Sí, todo eso aunque no tenga mascotas ni practique dietas con la idea de bajar la panza.

Es que si estás en la caja me da lo mismo un insecticida berreta que una golosina de azúcar importado, vos cobrame, no te preocupes por el cambio, cobrame y bueno, sí, mirame.
Desconozco adónde enviaste el currículum para conseguir este trabajo pero en la tarea que propongo ni siquiera es requisito que sonrías, basta con una mirada. Si querés, si no es cuestión de esfuerzo, me dejaría satisfecho que lanzaras una guiñada. Pedir algo más sería de angurriento.  
Además quiero atreverme a adivinar; a intuir a través de tu iris color verde sprite; quisiera develar la duda de si cuando me voy, al igual que yo, quedas pensando en una próxima vez, en que mi carro vuelva a tu caja, en que mi tarjeta recorra la zanjita de tu post.


Así de intrigado me tienen tus pensamientos, tus deseos, tus uñas rojas y tus broches de pelo. ¿Desearás que en el billete anote mi facebook? ¿O serás quizá una puritana que prefiera el número de teléfono anotado con tinta azul, en el billete de cincuenta sobre la oreja de Varela? ¡Qué perfil el de Varela, eh!
Te diría para entrar en tema «mirá si tengo suerte y sos fan de la túnica blanca con moña planchada»; te hablo de lo que quieras, escuela laica y gratuita si querés, y le agregamos obligatoria para que no sea todo juerga. Hasta me disfrazo de escolar novato en el arte de la tiza y la hago chirriar contra la pizarra.
«¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?» me pregunto yo.
«¿A cuánto están los sugus?» te pregunto a vos.


Sos la blonda cajera que usa pelo recogido con un palillo chino. Por vos soy entusiasta de la gastronomía asiática, ¿sabías? Arroz, zanahorias, fuego y un wok. Si te animás trae la salsa de soja. Dejá el resto por mi cuenta: las velas, la música, la pimienta.


Hoy que es jueves entrás a las dos de la tarde, te toca cubrir a la gordita con cara de bulldog, jamás me hablaste de ella, es cierto, pero le presté atención la vez que tu caja estaba cerrada, «día de balance» dijo la encargada. ¡Cuánta desventura esa vez! Me cobró la gordita. El código de barras no entraba, encima yo con una lata de anchoas. Ya ni recuerdo para que las compraba, sería por vos, supongo, para no marcar bobera con unas toallitas femeninas; ¡¿para qué llevar toallitas si por suerte la menstruación me es ajena?! Es que te veo ahí, pierdo la cabeza, la cordura, hasta la cédula.
¿Te das cuenta? Nunca en la vida pediste una anulación. Y te cuento un secreto. Tus tickets son el arte que, cuidadosamente, colecciono en las paredes del living, del comedor y del dormitorio; ahí, uno junto a otro, se entremezclan comprobantes con tu nombre: Carla López, caja 4, hora 18:15, sucursal Avenida Italia.


Ay Carla, que vicio tu cutis dorado
Ay Carla, tu camisa blanca
Ay Carla, tu pronunciación de «caja libre», ni hablemos cuando decís «que pase el siguiente»
Ay Carla, vos, la época del cerquillo y todo tu ser


En ningún libro, jamás en la historia, leí a alguien tan desesperado porque llegue el sábado. Sábado y vos cubriendo la madrugada con el 222 en la puerta.
«Permiso oficial» digo en tono educado.
«Voy a comprar pilas triple A» le detallo con ganas.
¡¿Pero qué me importan las pilas?!
Me importás vos, Carla, la Carla de mis ensoñaciones nocturnas y que, con gemidos suaves, habita y puebla mis luminosas masturbaciones de pasado el mediodía, cuando el reloj apenas marca las dos.
Me importas vos, Carla, con tu alfombrilla donde remojas la yema de los dedos, con tus cinco centímetros de plataforma o tus chatitas de tela atigrada. Incluso un día, mirá que locura esto Carla, hasta te admiré mientras caminabas de crocs ¿podés creer? Verdes las crocs, naranjitas las medias. ¡Ay Carla!
En nombre del padre pido perdón y en el tuyo propio te deseo «salú» cuando estornudes o «que aproveches» cuando te llegue la hora del almuerzo.
Me cuesta encontrar una salida a este laberinto de pasión exacerbada, aunque, sin embargo, mientras tanto alivio la ansiedad acumulando puntos y pegando los tickets en mis paredes de pintura blanca.
Tengo fe y soy poco negado en cuestiones de esperanza, no obstante, Carla, aquella vez, en la esquina del super, mientras el semáforo alternaba verdes por amarillas y amarillas por rojas, yo fumé sin pausa. Miré hacia tu caja y no te ví. En tu lugar, con las nalgas en el banquito, estaba la gorda bulldog. Bulldog inglés, ojo, nunca francés.


¡Joder, Carla! Aquella vez, creo, fracasé cual judío principiante en el día del perdón.  


Temprano a la mañana pasé por la peluquería.
«Corte melena y bigote sin mordisquear las puntas, hoy me necesito más galán que nunca» advertí al peluquero con arrogancia de amante pebete y solemnidad de marinero.
Luego marché presto a la florería, decidido por las rosas y unos lirios de los valles.
«Ah pero que atino para acomodar colores» me felicitó el florista.
Y así, sin perder tiempo y con el dulzor del perfume acariciándome las orejas llegué hasta tu esquina; empachado en admiración, amor y lujuria. Ah, sí, sí, también alboroté la lengua con un vermucito seco. Me acomodé varias veces el chicle entre los dientes hasta que me di cuenta que no había chicle y sólo tenía dientes, lengua y saliva con gusto a martini.
Entonces las rosas y los lirios, quizás por el humo de los escapes o el sol de media tarde, tal vez por las lágrimas que dejé asomar, apuntaron sus pétalos al suelo.


Triste mi papel de amante escondido y mi destino de comprador frecuente.


Fallé, Carla. Olvidé la ley del día en que nada se hace. Se me pasó algo tan obligatorio y legal como el jornal del descanso. Mientras vos levantabas la mesa o sesteabas después de leer el capítulo nueve de la novela negra que tanto te atrapa. Mientras todo eso, yo y las flores que no tuviste suerte en conocer, nos frustramos con la abrumadora soledad de las citas acordadas sin reloj o anotadas en calendario deshojado.

¡Malditos los miércoles, Carla!

domingo, 5 de marzo de 2017

El árbol de la vida sin ganas

The tree of life (Terrence Malick, 2011)
Una imagen abstracta, un Brad Pitt de los años cincuenta, unos dinosaurios, algunos planos de Sean Penn haciendo de Sean Penn, muchos árboles de especies variadas, una hermosísima Jessica Chastain y un niño con mirada siniestra. Eso, y no mucho más, es EL ÁRBOL DE LA VIDA (Terrence Malick, 2011).

Supongo que con las características poéticas que se le pueden adjudicar, existirán por ahí varios defensores sobre el «enorme» significado que nos deja la película cuando llegan los créditos finales. Y si bien cualquier aficionado o cinéfilo que me lo quiera discutir seguro encontrará mejores argumentos que los míos (no oculto mi enorme ignorancia en este arte —a lo sumo vi treinta y cinco películas en mi vida y ésta es la primera de Malick) considero que no la tendrá fácil para explicar por qué le resulta tan difícil al espectador involucrarse en tribulaciones de los personajes. 

Es verdad que esos planos, con la cámara en movimiento, registrando las aventuras infantiles de los hermanos, intentan acercarnos a la historia. Son planos que nos dejan ese gusto a filmación casera. O sea, por momentos llegamos a estar adentro, somos otro niño más. Sin embargo es una inclusión estrictamente formal. Participamos en la forma de la película pero no así en el tema. Y es que ese tema nunca llega a definirse. ¿De qué va la película? Podrá afirmarse que trata de la vida, bueno, pues bien, entonces la pregunta sería: ¿qué película que se precie de tal no trata sobre la vida? 

Podrá responderse que sí, que toda película motivada por alguna intención artística tiene un núcleo con circunstancias que definen la vida de sus personajes. O podrá decirse también que, si se trata de una obra poética, la cuestión está en la creación de nuevos significados. Ese, supongo, será un punto de acuerdo. Ahora, si la respuesta defiende a EL ÁRBOL DE LA VIDA por ese aire de cargar con un significado total, debería fundamentarse con mayor claridad cuál es ese significado. Porque el sabor final que me dejó es el de una película que no colma sus propias pretensiones. No sé si buscaba acercarse a una teoría de la evolución o a un tratado sobre la familia moderna o es más bien un documental sobre la soledad. Vaya uno a saber.

En cuanto a poesía, confieso que las representaciones no trascienden su propio plano. Quiero decir, los árboles que veo en cada escena de árboles no son más que árboles. Quizá sea porque vi la película cerca de la medianoche y tenía mucho sueño pero en ningún momento pude vincular esos árboles con un sentido más profundo. En todo caso me parecían árboles desmesurados para la historia que se estaba contando. Algo así como árboles del Amazonas trasplantados en un jardín de Carrasco.

Por otra parte, reconozcamos que el autoritarismo del señor O'Brien (interpretado por Brad Pitt) genera cierta tensión a fuerza de la buena cantidad de reglas estrictas que aplica en la crianza de sus hijos. Y si eso lo mezclamos con la rebeldía del hijo mayor y lo contrastamos con la bondad de la madre de cabellos rojizos, ganamos entonces algunos momentos de expectativa. Pero no sirven de nada cuando comprobamos que esa expectativa se escapa como agua entre los dedos.

Es como si fuera una película que sirve de introducción a otra película. Digamos, a otra película que nunca llega. Aunque eso no es lo peor pues algunas veces está bueno quedarse con las ganas. Lo reprochable es que, al terminar EL ÁRBOL DE LA VIDA, ya no quedan ganas, sólo queda la decepción lógica de confiarle a alguien la vista y el oído durante un par de horas para que te hablara sin decirte nada.