Ayudas al ciego a cruzar la calle. Cuando llegás al otro lado, le sugerís que siga derecho. No viene nadie, don, vaya tranquilo.
Y la señora tropieza al bajar del ómnibus y queda desparramada. Mitad en la calle, mitad a lo largo del cordón. Uy qué golpe, mujer —pensás sin emitir palabra— y corrés para darle una mano. Ella te agarra del brazo. Arriba que no es nada —le decís—. Después, para esas rodillas sangrantes, le ofrecés unas curitas que tenes en la cartera.
Te pasás la vida así. Sos una jovencita de silueta refinada. Qué linda cintura. A vos también te gusta el estilo de esa falda que termina apenas más allá de la rodilla. Usas chatitas porque el dios de la belleza te bendijo con esa altura que no necesita tacos. Hay gente que se pregunta por qué los espejos nunca te defraudan. Hasta te clavás una milanesa cada viernes. Con muzzarella y huevo frito.
Tu biografía podría titularse “Toda la gente que te quiere”. Estarías de acuerdo.
Sin embargo, jamás te preguntas por qué tanto odio a los travestis. ¿Qué te divierte de salir en tu coche de alta gama y tirar piedras contra las mujeres trans que paran en la esquina de Bulevar y la rambla? ¿Pensas que no te ven? ¿Acaso sos invisible?
Te voy a mandar a un curso sobre vidrios polarizados. Señorita ballesta.
Pero ellas sufren, ¿sabés? Porque detrás de ese bulto escondido y ese maquillaje de capa gruesa, hay una persona que sufre y goza tanto (o más) que tu.
El Princesa te la tiene jurada. Anotó tu número de matrícula. Eso te pasa por ir a tirarle dardos en la madrugada. No sos superior, ¿sabías? Esa belleza, casi sobrenatural, no te faculta para decir «esto sí, esto no».
Confío en El Princesa para que haga esa justicia que, hasta el momento, ninguna divinidad se atrevió a perfeccionar. Quiero que te quede claro: la inmortalidad no es cuestión de nalgas hermosas. Una profesora de literatura, en el liceo, me enseñó que tarde o temprano todo perece. Y yo le creo, ¿sabés?.
Así que pensalo. Hablalo con tus amigas del Juan XXIII. O con ese hermano que te llama desde el exterior. ¿Sigue llamando el primer lunes de cada mes? Ah, sí, sé mucho más de vos de lo que imaginás. Pero no tiembles por eso. Temblá por El Princesa.
Pobres travestis. Suerte dios que tenés mala puntería. Idiota por pensar que cruzar la calle con un ciego te puede llevar al paraíso. ¿De qué estás hablando? Tanta piel perfumada para razonar como un simio. A veces pienso que todo esto es culpa de Google, o de Facebook. Sí, creo que más culpa tiene Facebook.
Ay, no. Ahora me vas a decir que sos de esas intelectuales de red social. No veo la hora de que aparezca El Princesa. Manos a la obra Princesa. Brindemos por esos escarmientos. Igual sacate los tacos, Princesa, y le tirás un zapatazo en la cabeza. Así aprende.
Infame.
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