Todas las mañanas el villano va a la plaza para darle de comer a las palomas. Habla de fútbol y política con los veteranos que se le sientan al lado aunque él detesta los entresijos de ese deporte. Ni hablar de su profundo rechazo a los políticos que ocupan sillones y hablan de «cultura» como si ése término fuera en sí mismo una solución. Esos ministros, dice, en realidad se preocupan por acotar la cultura a sus contingentes ocurrencias. No obstante, el villano escucha a sus tertulianos con suma atención. Es diplomático al estilo inglés. Y es cortés como todo abogado que intenta convencer a su primer cliente.
Sin embargo cuando llega a la casa, luego de comprar el pan y unos espejitos de chocolate en la panadería de siempre, y de sonreír con cierta lascivia a la chica que atiende el mostrador, se cambia los zapatos por pantuflas acolchonadas con corderito y llama al gato Fulgencio.
En una lata de galletitas que guarda con recelo desde su infancia, coloca los espejitos de chocolate y cierra la tapa. Ubica la lata en la alacena. Allí quedará hasta que llegue el nieto. La niñera, luego del jardín de infantes, se lo deja una o dos horas, hasta que la madre sale de trabajar.
El gato demora en llegar. Pero llega. Mira al villano con cierto desprecio aunque igual se le acerca. El villano se pregunta si Fulgencio, tarde a tarde, ha de perder toda su memoria. Es una pregunta sin respuesta, claro está. Le acaricia el lomo y Fulgencio da cuenta de ese mimo placentero con un tenue y sutil maullido. El ritual amistoso no dura más de un minuto y medio. Luego la cosa cambia.
Con una mano el villano agarra a Fulgencio por el lomo. El cuero se estira y amenaza con desprenderse del cuerpo. El felino mueve las patas con claro desorden. Sus garras no alcanzan a prenderse en ninguna superficie. Los maullidos ahora cambian de tono. El ambiente oscuro y denso de la cocina se mezcla con un sonido paradójicamente mudo y estridente.
Fulgencio pende en el aire con el cuero tirante. En esa oscuridad, con su mano libre, el villano abre el freezer. Su agilidad denota disciplina y entrenamiento. En un movimiento rápido arroja a Fulgencio al interior de esa cámara helada. Casi en el mismo segundo cierra la puerta y apoya su espalda contra el refrigerador. Bloquea la puerta. Suspira. Afloja los músculos, hincha los pulmones y cierra los ojos.
Los rasguidos del gato no duran mucho más. La cocina ahora está en penumbras. No vuela una mosca. Todo es silencio excepto el finísimo tic tac del reloj en la pared. Con cierta lentitud el villano cuenta uno, dos, tres… Llega a diez.
Se aparta de la heladera. Nada. Fulgencio no da señales. El villano lleva tranquilamente su mano derecha a la puerta del freezer. La abre. Fulgencio está apoyado contra el fondo. Acurrucado. Duro. El villano dice «salí, salí». Fulgencio no responde. El villano grita alguna onomatopeya. Fulgencio salta y huye hacía la puerta trasera de la casa. El freezer otra vez se cierra. Vuelve a quedar vacío.
El villano, ahora con mucha calma, se mueve por la casa. En el cuarto de estar enciende una lámpara de pie y pone un disco a sonar. Se escucha una trompeta. Es Chet Baker. Así pasa un rato hasta que suena el timbre. Es la niñera. El nieto atraviesa el zaguán a las corridas y llega rápidamente a la cocina. Empieza a pedir el espejito de chocolate.
— ¡Afajor, afajor! —se le escucha balbucear mientras con el dedo señala la alacena.
El villano lo mira.
— Si el nieto quiere alfajor antes debe darle un beso a su abuelo —replica el villano en tono simpático.
El niño se acerca al villano y éste se agacha. El beso le deja algo de saliva en la mejilla. Se reincorpora y abre la alacena para sacar la caja de galletitas. Entrega el espejito de chocolate y el niño festeja diciendo «¡afajor! ¡afajor!».
Una sonrisa ilustra la cara del villano mientras acaricia la cabeza del niño. Y ahora, con la misma mano que minutos antes estiró el cuero de Fulgencio, se divierte despeinando los tiernos cabellos de su nieto.
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