viernes, 30 de diciembre de 2016

Queso y flores: una crónica sobre ir a la feria fumado

El queso que sobrevivió a la caminata
Cielo nublado, luz densa viste, como una luz con cuerpo. Muchas conversaciones en los puestos pero pocos gritos para ser feria y fin de año a la vez. Ahí llega una señora que seguro había vivido la vida, contó que el 24 no había tomado nada, después aclaró que ni coca toma y Mario, el verdulero, le daba conversación. Él es de esa gente que habla hasta por los codos; usa melena y siempre anda de gorro (y no es pelado). Creo que Mario habla hasta por la melena. Yo seguía con el número en la mano, tenía el 42. Entre Mario y la señora empezaron esas típicas conversaciones sobre el casamiento, lo horrible de convivir N años y así. Y me entretuve… ella decía que al marido le deja la puerta abierta y el bolso pronto pero el tipo no se va. ¿Cómo será la convivencia después de la jubilación?
Y los duraznos estaban en todo su esplendor, ¿viste cuando llegaron a la madurez necesaria para tensar toda la piel? así, tirantes. En eso Enrique, el otro verdulero ¡llama al 46! ¿46 Enrique? ¡Tengo el 42 Enrique! ¡Se me pasó el número Enrique! 
Ta, ahora Mario termina y te atiende -y pasó a explicarme- lo que pasa que Mario habla hasta por los codos y marea. 
Ahí pensé “hasta por los codos y marea” eso me suena a una esquina. ¿Dónde vivis? En Hasta por los codos y Marea. Jajaja me entré a reír con esa esquina y cuando Mario volvió no entendía nada, jaja. Después se me pasó la risa y me despachó, no compré muchas cosas. Hasta por los codos y Marea.
Luego el saludo de fin de año y las felicidades y eso, feliz año Marito, abrazo Enrique. Bye bye verduras. Agarré el carro. Me fui de ahí. 
Paré en la quesería, la quesera me avisa que cierran y no abren hasta el 15 de enero. ¡Joder! tenía que decidir si me aprovisionaba o no. Finalmente, de los 400grs de magro que llevaba en la lista, terminé llevando 800 grs de queso fresco y UN kilo de queso magro. Para rematar pedí una docena de huevos. De los grandes.
La quesera, otra vez, me convenció fácil para comprarle más. Siempre me hace lo mismo, la vez anterior me había vendido un número de rifa. Y ta, después de eso agarré el carrito y volví, sin apurar el paso, cuando pasé por el puesto de las flores dije “fah, qué pétalos, compro una”. Pero me había gastado todo en la quesería. Volví sin flores.
Camino a casa me vino hambre, onda “tremendo bajonero” y entré a pensar en todo el queso que tenía. Entonces di un manotazo al queso fresco y le pegué un mordiscón. Me llené la boca.
Llegué a casa, masticando queso.

[Este post fue escrito gracias al invalorable estímulo del querido Morgan]

jueves, 8 de diciembre de 2016

Ejercicio #7 - Señorita ballesta

Ayudas al ciego a cruzar la calle. Cuando llegás al otro lado, le sugerís que siga derecho. No viene nadie, don, vaya tranquilo.
Y la señora tropieza al bajar del ómnibus y queda desparramada. Mitad en la calle, mitad a lo largo del cordón. Uy qué golpe, mujer —pensás sin emitir palabra— y corrés para darle una mano. Ella te agarra del brazo. Arriba que no es nada —le decís—. Después, para esas rodillas sangrantes, le ofrecés unas curitas que tenes en la cartera.
Te pasás la vida así. Sos una jovencita de silueta refinada. Qué linda cintura. A vos también te gusta el estilo de esa falda que termina apenas más allá de la rodilla. Usas chatitas porque el dios de la belleza te bendijo con esa altura que no necesita tacos. Hay gente que se pregunta por qué los espejos nunca te defraudan. Hasta te clavás una milanesa cada viernes. Con muzzarella y huevo frito.
Tu biografía podría titularse “Toda la gente que te quiere”. Estarías de acuerdo.
Sin embargo, jamás te preguntas por qué tanto odio a los travestis. ¿Qué te divierte de salir en tu coche de alta gama y tirar piedras contra las mujeres trans que paran en la esquina de Bulevar y la rambla? ¿Pensas que no te ven? ¿Acaso sos invisible?
Te voy a mandar a un curso sobre vidrios polarizados. Señorita ballesta.
Pero ellas sufren, ¿sabés? Porque detrás de ese bulto escondido y ese maquillaje de capa gruesa, hay una persona que sufre y goza tanto (o más) que tu.
El Princesa te la tiene jurada. Anotó tu número de matrícula. Eso te pasa por ir a tirarle dardos en la madrugada. No sos superior, ¿sabías? Esa belleza, casi sobrenatural, no te faculta para decir «esto sí, esto no».
Confío en El Princesa para que haga esa justicia que, hasta el momento, ninguna divinidad se atrevió a perfeccionar. Quiero que te quede claro: la inmortalidad no es cuestión de nalgas hermosas. Una profesora de literatura, en el liceo, me enseñó que tarde o temprano todo perece. Y yo le creo, ¿sabés?.
Así que pensalo. Hablalo con tus amigas del Juan XXIII. O con ese hermano que te llama desde el exterior. ¿Sigue llamando el primer lunes de cada mes? Ah, sí, sé mucho más de vos de lo que imaginás. Pero no tiembles por eso. Temblá por El Princesa.
Pobres travestis. Suerte dios que tenés mala puntería. Idiota por pensar que cruzar la calle con un ciego te puede llevar al paraíso. ¿De qué estás hablando? Tanta piel perfumada para razonar como un simio. A veces pienso que todo esto es culpa de Google, o de Facebook. Sí, creo que más culpa tiene Facebook.
Ay, no. Ahora me vas a decir que sos de esas intelectuales de red social. No veo la hora de que aparezca El Princesa. Manos a la obra Princesa. Brindemos por esos escarmientos. Igual sacate los tacos, Princesa, y le tirás un zapatazo en la cabeza. Así aprende.
Infame.

martes, 6 de diciembre de 2016

Ejercicio #6 - El gato Fulgencio y un villano que oficia de abuelo

Todas las mañanas el villano va a la plaza para darle de comer a las palomas. Habla de fútbol y política con los veteranos que se le sientan al lado aunque él detesta los entresijos de ese deporte. Ni hablar de su profundo rechazo a los políticos que ocupan sillones y hablan de «cultura» como si ése término fuera en sí mismo una solución. Esos ministros, dice, en realidad se preocupan por acotar la cultura a sus contingentes ocurrencias. No obstante, el villano escucha a sus tertulianos con suma atención. Es diplomático al estilo inglés. Y es cortés como todo abogado que intenta convencer a su primer cliente.
Sin embargo cuando llega a la casa, luego de comprar el pan y unos espejitos de chocolate en la panadería de siempre, y de sonreír con cierta lascivia a la chica que atiende el mostrador, se cambia los zapatos por pantuflas acolchonadas con corderito y llama al gato Fulgencio.
En una lata de galletitas que guarda con recelo desde su infancia, coloca los espejitos de chocolate y cierra la tapa. Ubica la lata en la alacena. Allí quedará hasta que llegue el nieto. La niñera, luego del jardín de infantes, se lo deja una o dos horas, hasta que la madre sale de trabajar.
El gato demora en llegar. Pero llega. Mira al villano con cierto desprecio aunque igual se le acerca. El villano se pregunta si Fulgencio, tarde a tarde, ha de perder toda su memoria. Es una pregunta sin respuesta, claro está. Le acaricia el lomo y Fulgencio da cuenta de ese mimo placentero con un tenue y sutil maullido. El ritual amistoso no dura más de un minuto y medio. Luego la cosa cambia.
Con una mano el villano agarra a Fulgencio por el lomo. El cuero se estira y amenaza con desprenderse del cuerpo. El felino mueve las patas con claro desorden. Sus garras no alcanzan a prenderse en ninguna superficie. Los maullidos ahora cambian de tono. El ambiente oscuro y denso de la cocina se mezcla con un sonido paradójicamente mudo y estridente.
Fulgencio pende en el aire con el cuero tirante. En esa oscuridad, con su mano libre, el villano abre el freezer. Su agilidad denota disciplina y entrenamiento. En un movimiento rápido arroja a Fulgencio al interior de esa cámara helada. Casi en el mismo segundo cierra la puerta y apoya su espalda contra el refrigerador. Bloquea la puerta. Suspira. Afloja los músculos, hincha los pulmones y cierra los ojos.
Los rasguidos del gato no duran mucho más. La cocina ahora está en penumbras. No vuela una mosca. Todo es silencio excepto el finísimo tic tac del reloj en la pared. Con cierta lentitud el villano cuenta uno, dos, tres… Llega a diez.
Se aparta de la heladera. Nada. Fulgencio no da señales. El villano lleva tranquilamente su mano derecha a la puerta del freezer. La abre. Fulgencio está apoyado contra el fondo. Acurrucado. Duro. El villano dice «salí, salí». Fulgencio no responde. El villano grita alguna onomatopeya. Fulgencio salta y huye hacía la puerta trasera de la casa. El freezer otra vez se cierra. Vuelve a quedar vacío.
El villano, ahora con mucha calma, se mueve por la casa. En el cuarto de estar enciende una lámpara de pie y pone un disco a sonar. Se escucha una trompeta. Es Chet Baker. Así pasa un rato hasta que suena el timbre. Es la niñera. El nieto atraviesa el zaguán a las corridas y llega rápidamente a la cocina. Empieza a pedir el espejito de chocolate.
— ¡Afajor, afajor! —se le escucha balbucear mientras con el dedo señala la alacena.
El villano lo mira.
— Si el nieto quiere alfajor antes debe darle un beso a su abuelo —replica el villano en tono simpático.
El niño se acerca al villano y éste se agacha. El beso le deja algo de saliva en la mejilla. Se reincorpora y abre la alacena para sacar la caja de galletitas. Entrega el espejito de chocolate y el niño festeja diciendo «¡afajor! ¡afajor!».
Una sonrisa ilustra la cara del villano mientras acaricia la cabeza del niño. Y ahora, con la misma mano que minutos antes estiró el cuero de Fulgencio, se divierte despeinando los tiernos cabellos de su nieto.