viernes, 12 de octubre de 2018

Jesús




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Él es Jesús. Lo poco que sé de su existencia es que vive en una pensión. Y, con trampa de palabras, dice que devuelve los peces al mar antes de que sean pescados.
Intenta bajar a diario. Bajar es llegar a la rambla con caña, balde y carnada. Ata el anzuelo a la tanza y con movimiento pendular agita la plomada. Ahí van: carnada, hilo y plomo vuelan hasta tocar el agua. Luego se sumergen. Quién sabe si ahí picará el gran pez. Pero vale la calma intentarlo. Es que para eso lo hace. Para limpiar la mente. Así uno tiene la cabeza tranquila. Pescar es jugar a los naipes con la calma. Esto último no lo dice pero así lo imagino.

«La gente no se da cuenta. No es todo la tecnología.» Esa frase sí es de su autoría. Así tal cual. Con esas palabras y en ese orden.

Me gusta la conversación. En una misma oración insiste un par de veces en la necesidad de comer sano y aflojarle a la  comida «chacharra». No como mucho pescado —dice mientras señala el balde vacío—, sólo algunos días —cuando un amigo suyo, que sabe cocinar, limpia los lomos.

Después me pregunta si estoy al tanto de eso que pasa en Estados Unidos. Respondo que no tengo idea. Porque de verdad no tengo idea pero él parece que sí. Y me cuenta de un huracán. «Ellos despertaron al monstruo y ahora no saben qué hacer». Y quedo pensando en la asociación de EEUU con el calentamiento global. Pero no tengo elementos para discutir así que lo dejo continuar con su discurso.

«Imaginate que ahora la gente tiene el celular y lo usa para pedir comida. Comen de un arroz que se cocinó en una olla para cien personas. No sé qué les gusta de eso.»

—Sí, yo intento comer sano —le dije como para mostrar acuerdo.

Y se ve que para él también estaba interesante la charla. Porque cambió de tema y se puso un poquito más oscuro.

La semana pasada estuvo a punto de pelarse. La tos no lo dejaba respirar. Pero él tiene experiencia en negociar con la muerte. En 1976 pasó casi un mes en el CTI debido a un accidente de tránsito. En el 92 un rapiñero le metió una baña en el corazón. Ahí lo diagnosticaron clínicamente muerto.

En ese momento me miró fijo, estiró los labios y dejó en línea los párpados. La charla me incomodó un poco pero no era justo abandonarla. La cosa es que se salvó -y tiene voz para contarla-.

Me saqué el guante y le di la mano. En la despedida me preguntó:
— ¿Sabés cómo me llamo yo?
— Sí —respondí—, Jesús. Me dijiste que te llamas Jesús — y otra vez apareció su sonrisa de labios apretados.
— Jesús —confirmó con esa calma de la cual hablaba al principio. Y me alejé con un pedaleo lento. Algo de su tranquilidad ahora estaba conmigo.